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En sueños-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Como en cofres de tristeza

en botes de insignificantes decepciones,

como en naufragios de incesantes mareas,

como en brazos de desdichas más adolescentes,

como en traumas significativos u obsolescentes;

como en mármoles de oscuras raíces

como en inscripciones incongruentes

de frisos latinos o emanaciones de impolutos

pólenes; como en abandonados secuestros

de palabras desordenadas, en claustros inmateriales

de vidrios impenetrables, como en sueños de morfina,

de hielo o de rotuladores insensibles; como

en básculas de cosechas invisibles, de tractores

infinitos atravesando páramos polvorientos.

De tacones sin punta, de abanicos dormidos,

sobre las estelas arruinadas de bancos y pedestales.

Como en fábricas desidiosas de productos químicos,

de desahuciados cascos de botella.

Hay una solícita profanación de huesos estridentes

que marcan el azogue de los vasos concomitantes.

Hay una producción de trozos embalsamados

que generan la marcha de un centenar de exiliados

divergentes.

Existe la concatenación religiosa de aspectos nocivos,

un millar de acontecimientos con lirios o azucenas,

unas maderas mal distribuidas entorno a azadas y neutros

martillos hidráulicos desvencijados.

Corren con intermitencias párpados desguarnecidos

sobre catedrales somníferas, un millar de gárgolas plegadas

existen pese a los nombres y a las nomenclaturas científicas

de las aves.

Recibiendo el impacto de un trigo celeste, las galaxias

proceden a su desmembración insomne, una tregua de

mansos edificios penetra los helechos insondables.

Como petrificados astros los lamentos se vulneran

de piso en piso, obstruyendo las encimeras venenosas,

los trastos incapaces de ser fértiles en su guadaña próspera.

Los mangos de un millar de coches fabrican bandas sonoras

de torpes elasticidades ejercidas sobre presiones de dedos y brazos,

las yemas augustas crepitan junto a la llama abandonada

de los reptiles en el agua.

Corre la luna como una mensajera del odio

del odio líquido entre hermanastros despectivos,

que entrometen sus lenguas divididas por anchos

y planos mundos de flores sin pétalos.

Se borda la edificación de un poema

se necesitan las arquitecturas para ahondar lejos

bruscas precipitaciones de cascos preservados

de metales incipientes, de ecos de podredumbre calcinados,

de materiales de desecho que originan la profusión

de los sonidos.

Dos o tres tornillos ruidosos elementales

buscan la perforación de un ojo sin minería

donde alumbramientos inacabables corrigen

el sueño de la aurora.

Pálidos y mortecinos se persignan las violencias

fluviales, un pato con su ánade perseguido por las

acacias marineras, los racimos de bombas esenciales

que buscan la adecuación insólita de un magma primordial.

Los sueños son flores en estado de fermentación

como bosques que fueron agua en los lodazales abisales,

y las petunias, las francas diversiones feudales, aparecen

su degollación íntima sacada de fábulas o cuentos impresionistas.

Los santos iniciales las señas fibrosas de su poderío invertebrado,

buscan largas e insistentes manifestaciones de odio violento.

Paisajes de molde en cuellos de botella cristalizados

buscan concreciones de ídolos tras la masiva erudición

de los legales abogados.

Mil parejas de la mano jamás pueden presentir

su tierno avance de latido sobre estacas de impedimento y sueño,

donde en el alba de las nieblas un pájaro perfora la irradiación

de los materiales.

Y yo busco lo que encuentro torpe, deslavazado,

cada mañana, un incierto crujir de sondas

y un lamento de oscuras semillas doblegadas-.



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