Sommbras
Poeta adicto al portal
.
..
( las palabras borradas son arrobas enhebradas al rostro, mensajes inesperados cosidos al pasado tengo miedo de verla de nuevo, sus ojos están grabados en esta taza de café mientras habla que te habla que te habla)
Releo mi texto del adiós.
Mi adiós se ahogó.
Fue hace quinientos años.
Un adiós ininteligible.
Recuerdo aquel lagrimón
que en la palabra adiós cayó.
Hoy tomo café solo.
Yo quisiera retroceder.
Yo quisiera analizar
aquel adiós donde
casualmente la lágrima cayó.
Ella, de hermosa piel rosácea.
Una cabellera azabachada,
con un desnudo cuerpo
de mil perlas inundado.
Frágiles piernas, varitas torcidas,
debajo de un ceño,
que a veces arruga,
con mejillas melocotón
y semblante suave de raso.
Recuerdo, paseábamos por ese bosque,
por aquella vereda de olor a caoba,
entre árboles que iluminaban las edades,
y las ovejas caminando por el reloj.
En aquel banco del lago
su primer mirada-amante.
Sentado aquí,
desde este silencio armonioso
de una terraza de bar vacía,
parecería escuchar el eco de su voz.
Su sonrisa confusa,
sus dedos por mi pelo,
preguntándome:
¿Me quieres aún?
Nívea banda de palomas
parecen aquellas margaritas
con purpureas matices de manzanas.
Bah, no vale la pena gimotear,
ni sacar de dentro más jugo de ortigas,
aquel amor enmudeció,
sólo es un tenaz adiós-avispa,
un texto nebuloso que entre cafés me llueve.
¡No me tientes, mujer,
déjame tomar un café tranquilo,
respeta mi adiós borroso!
Permíteme gimotear pensándote,
porque adiós nunca se graba con tinta,
se va zurciendo con una aguja de llanto
el que sólo te besara en la frente.
Chus
..
( las palabras borradas son arrobas enhebradas al rostro, mensajes inesperados cosidos al pasado tengo miedo de verla de nuevo, sus ojos están grabados en esta taza de café mientras habla que te habla que te habla)
Releo mi texto del adiós.
Mi adiós se ahogó.
Fue hace quinientos años.
Un adiós ininteligible.
Recuerdo aquel lagrimón
que en la palabra adiós cayó.
Hoy tomo café solo.
Yo quisiera retroceder.
Yo quisiera analizar
aquel adiós donde
casualmente la lágrima cayó.
Ella, de hermosa piel rosácea.
Una cabellera azabachada,
con un desnudo cuerpo
de mil perlas inundado.
Frágiles piernas, varitas torcidas,
debajo de un ceño,
que a veces arruga,
con mejillas melocotón
y semblante suave de raso.
Recuerdo, paseábamos por ese bosque,
por aquella vereda de olor a caoba,
entre árboles que iluminaban las edades,
y las ovejas caminando por el reloj.
En aquel banco del lago
su primer mirada-amante.
Sentado aquí,
desde este silencio armonioso
de una terraza de bar vacía,
parecería escuchar el eco de su voz.
Su sonrisa confusa,
sus dedos por mi pelo,
preguntándome:
¿Me quieres aún?
Nívea banda de palomas
parecen aquellas margaritas
con purpureas matices de manzanas.
Bah, no vale la pena gimotear,
ni sacar de dentro más jugo de ortigas,
aquel amor enmudeció,
sólo es un tenaz adiós-avispa,
un texto nebuloso que entre cafés me llueve.
¡No me tientes, mujer,
déjame tomar un café tranquilo,
respeta mi adiós borroso!
Permíteme gimotear pensándote,
porque adiós nunca se graba con tinta,
se va zurciendo con una aguja de llanto
el que sólo te besara en la frente.
Chus