ArcadelosRecuerdos
Poeta recién llegado
Comparto contigo el silencio,
las frases que le prodigas a otra persona,
viendo como agoniza el amor,
que ahora a otro profesas.
Después de mucho caminar mirando atrás,
ya no vago por la calle de los recuerdos rotos,
donde una vez yació mi cuerpo sobre el frío asfalto
después del accidente de estrellarme contra mi propio egoismo,
donde busque un placebo para tus besos,
que calmara mi ansiedad por sentir tu caprichosa sinceridad.
Quise pensar que el tiempo me daría la oportunidad de perdonarme
y de perdonarte al tiempo a tí,
perdonarme por pensar que no te amaba,
perdonarte por cambiar el rumbo de tu corazón.
Sé que nadie comparte la misma forma de amar,
y que los sentimientos son mareas que vienen y van
influenciados por la atracción de la cara oculta de la verdad,
pero siento tanta envidia de las personas que cambian con tanta facilidad
su amor por otra cara, por otros brazos, por otras manos,
donde cada palabra de afecto parece cierta,
caminando por las calles del desconocido lamento,
el del que llora por el amor perdido, el que llora por no ser ese amor,
que en charla veladamente amistosa, se comparte.
Nunca ví dos amores iguales, ni nunca sentí de la misma manera,
pero siento a mi dolor tan parecido al dolor padecido,
al ácido invisible que me ha corroido desde mi orfandad impuesta,
que ya no circula veloz por mis venas, pero me dejó heridas de confianza,
de las que cada vez que siento a alguien merodear,
sangran profusamente como recien infligidas.
Siento envidia de los poemas, siento envidia de las poesías,
que todo enamorado escribe para su enamorada,
siento envidia del que tiene y rechaza lo que yo ansío,
siento envidia de las palabras que ya no me buscan,
siento envidia de la vida, que ya no envidia ser vivida
y siento envidia de la envidia que sientes por quien ama a tu envidiado enamorado.
las frases que le prodigas a otra persona,
viendo como agoniza el amor,
que ahora a otro profesas.
Después de mucho caminar mirando atrás,
ya no vago por la calle de los recuerdos rotos,
donde una vez yació mi cuerpo sobre el frío asfalto
después del accidente de estrellarme contra mi propio egoismo,
donde busque un placebo para tus besos,
que calmara mi ansiedad por sentir tu caprichosa sinceridad.
Quise pensar que el tiempo me daría la oportunidad de perdonarme
y de perdonarte al tiempo a tí,
perdonarme por pensar que no te amaba,
perdonarte por cambiar el rumbo de tu corazón.
Sé que nadie comparte la misma forma de amar,
y que los sentimientos son mareas que vienen y van
influenciados por la atracción de la cara oculta de la verdad,
pero siento tanta envidia de las personas que cambian con tanta facilidad
su amor por otra cara, por otros brazos, por otras manos,
donde cada palabra de afecto parece cierta,
caminando por las calles del desconocido lamento,
el del que llora por el amor perdido, el que llora por no ser ese amor,
que en charla veladamente amistosa, se comparte.
Nunca ví dos amores iguales, ni nunca sentí de la misma manera,
pero siento a mi dolor tan parecido al dolor padecido,
al ácido invisible que me ha corroido desde mi orfandad impuesta,
que ya no circula veloz por mis venas, pero me dejó heridas de confianza,
de las que cada vez que siento a alguien merodear,
sangran profusamente como recien infligidas.
Siento envidia de los poemas, siento envidia de las poesías,
que todo enamorado escribe para su enamorada,
siento envidia del que tiene y rechaza lo que yo ansío,
siento envidia de las palabras que ya no me buscan,
siento envidia de la vida, que ya no envidia ser vivida
y siento envidia de la envidia que sientes por quien ama a tu envidiado enamorado.