AnonimamenteYo
Poeta adicto al portal
Era una tarde serena
de primavera
cuando la Muerte vino a buscarte,
y en silencio,
la llevé ante ti.
Caminabas por nuestro jardín,
con los pies desnudos,
vestida con esa sonrisa eterna,
acariciando con dulzura
la paz dormida en la tierra.
Le mostré tus manos blancas,
tus labios teñidos de carmesí,
y Ella contempló
los pétalos reflejados
en tus mejillas de seda.
Le mostré cómo las margaritas
saludan a tu paso,
y las alegres camelias
danzan en tu pelo gris.
Le mostré tus ojos,
profundos espejos
llenos de vida
donde se refleja tu corazón.
Le hablé de las caricias de tu piel,
de los besos que sembramos.
Le mostré a la Muerte
cómo las rosas,
fragancias y colores,
lirios y jazmines,
cobran vida con tu presencia,
y cantan los ruiseñores solo por ti.
Le mostré que en el jardín,
tú eras la joya más bella
que hizo que cada rincón
de mi marchito corazón floreciera.
Pero llegó el momento
de decirnos adiós,
y entonces comprendí,
aquella tarde serena
de primavera,
cuál sería el precio a pagar por amarte.
Ella, reocgió mis lágrimas en ofrenda
y en las manos las guardó.
Perdóname, amor,
si no me viste partir,
una despedida no se me concedió,
a cambio de tu vida,
la mía, ofrecí.
de primavera
cuando la Muerte vino a buscarte,
y en silencio,
la llevé ante ti.
Caminabas por nuestro jardín,
con los pies desnudos,
vestida con esa sonrisa eterna,
acariciando con dulzura
la paz dormida en la tierra.
Le mostré tus manos blancas,
tus labios teñidos de carmesí,
y Ella contempló
los pétalos reflejados
en tus mejillas de seda.
Le mostré cómo las margaritas
saludan a tu paso,
y las alegres camelias
danzan en tu pelo gris.
Le mostré tus ojos,
profundos espejos
llenos de vida
donde se refleja tu corazón.
Le hablé de las caricias de tu piel,
de los besos que sembramos.
Le mostré a la Muerte
cómo las rosas,
fragancias y colores,
lirios y jazmines,
cobran vida con tu presencia,
y cantan los ruiseñores solo por ti.
Le mostré que en el jardín,
tú eras la joya más bella
que hizo que cada rincón
de mi marchito corazón floreciera.
Pero llegó el momento
de decirnos adiós,
y entonces comprendí,
aquella tarde serena
de primavera,
cuál sería el precio a pagar por amarte.
Ella, reocgió mis lágrimas en ofrenda
y en las manos las guardó.
Perdóname, amor,
si no me viste partir,
una despedida no se me concedió,
a cambio de tu vida,
la mía, ofrecí.
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