Enrique Romero
Poeta recién llegado
Escapan de mis sienes notas roídas,
miasmas seglares abarrotadas de polillas,
que escupen su remordimiento caustico,
su vileza verborreica, su innato talento
inmerso en sus arterias malévolas.
<Ven a mí> me susurran, casi imperceptibles.
Mis oídos se agudizan al percibir su siseo,
indolente, voy detrás de ellos
como el agonizante va detrás del opio.
Me encierro en su cáscara pútrida,
me adentro en sus pepas amargas,
en su parsimonia ficticia,
en su máscara ensangrentada,
en su risa alboratada en gritos.
¿Qué es lo que siento?
¿Por qué me aferro a sus huesos amarillentos,
mientras la violencia se desparrama afuera
como el alcohol y la orina en los cañaverales?
Es sucio, es una herejía, profanación cínica
que me desviste de mis fragmentos inmaculados,
retrocede al final, encuentro tras desencuentro,
la esclerótica bruñida del aliento pesado,
contaminado con el óxido y el arsénico,
vomitando de cuando en cuando sus soportes,
verjas y anillos, aretes que son como rostros,
ópalos reverdecidos por la vibrante luz del mediodía,
olivos espasmos que atragantan mi corazón,
lo enmohecen, lo trajinan como piedra en turbulencia,
lo devuelven cercenado y tórrido de fiebre,
ah! Bastardos indolentes, ven que hicieron,
ven esta atrocidad, esta exhalación volcánica,
esta destrucción sin sentido, mortalidad ultraazur y ultravioleta
que ruge como relámpago y desuella a carcajada abierta
en su aguacero interminable que se sigue asimismo.
¿Acaso, están ciegos? ¿Acaso el dolor ya no lo sienten?
¿O es que ya se acostumbraron a esta banalidad perversa,
a esta ciudad entera que arde en morbosidad estoica?
¿Que acaso se han desdibujado estas escenas daltónicas
para la apoteosis del acto burlesco, la muerte y su estertor?
Lo reciben con altas glorias,
pútridas conformidades que te seccionan,
lo reciben con felicidad y hasta besan sus excrementos,
se embadurnan hasta el cuello de su fétida somnolencia,
y es que prefieren estar así, dormidos, tácitos, desentrañados.
Me miran, me miran, me miran,
pupilas enrojecidas por el pudor,
manos invisibles en cada esquina esperando ambivalencia
esperando vehemencia, esperando esperanza.
Me miran, me miran, me miran.
Geometría balbuceada en las paredes,
regocijo cansado de sus dolores
hasta que amputa una de sus piernas.
Me miran, me miran, me miran.
Destrozadas fieras que buscan compensarse,
patéticos esperpentos enorgullecidos de sus fauces,
de sus rostros, de sus pezuñas y su sangre.
Enorgullecidos sin sentir su lenta disnea,
su lengua seca y la mañana que los carcome.
Luz tras luz, días tras días
diáfanos como espuma entre los manglares,
infectos como la espuma entre los manglares,
macilentos como la espuma entre los manglares,
deshechos como la maldita espuma entre los manglares.
Me miran, me miran, me miran
con lúgubre apatía que deshilvana mi nombre.
miasmas seglares abarrotadas de polillas,
que escupen su remordimiento caustico,
su vileza verborreica, su innato talento
inmerso en sus arterias malévolas.
<Ven a mí> me susurran, casi imperceptibles.
Mis oídos se agudizan al percibir su siseo,
indolente, voy detrás de ellos
como el agonizante va detrás del opio.
Me encierro en su cáscara pútrida,
me adentro en sus pepas amargas,
en su parsimonia ficticia,
en su máscara ensangrentada,
en su risa alboratada en gritos.
¿Qué es lo que siento?
¿Por qué me aferro a sus huesos amarillentos,
mientras la violencia se desparrama afuera
como el alcohol y la orina en los cañaverales?
Es sucio, es una herejía, profanación cínica
que me desviste de mis fragmentos inmaculados,
retrocede al final, encuentro tras desencuentro,
la esclerótica bruñida del aliento pesado,
contaminado con el óxido y el arsénico,
vomitando de cuando en cuando sus soportes,
verjas y anillos, aretes que son como rostros,
ópalos reverdecidos por la vibrante luz del mediodía,
olivos espasmos que atragantan mi corazón,
lo enmohecen, lo trajinan como piedra en turbulencia,
lo devuelven cercenado y tórrido de fiebre,
ah! Bastardos indolentes, ven que hicieron,
ven esta atrocidad, esta exhalación volcánica,
esta destrucción sin sentido, mortalidad ultraazur y ultravioleta
que ruge como relámpago y desuella a carcajada abierta
en su aguacero interminable que se sigue asimismo.
¿Acaso, están ciegos? ¿Acaso el dolor ya no lo sienten?
¿O es que ya se acostumbraron a esta banalidad perversa,
a esta ciudad entera que arde en morbosidad estoica?
¿Que acaso se han desdibujado estas escenas daltónicas
para la apoteosis del acto burlesco, la muerte y su estertor?
Lo reciben con altas glorias,
pútridas conformidades que te seccionan,
lo reciben con felicidad y hasta besan sus excrementos,
se embadurnan hasta el cuello de su fétida somnolencia,
y es que prefieren estar así, dormidos, tácitos, desentrañados.
Me miran, me miran, me miran,
pupilas enrojecidas por el pudor,
manos invisibles en cada esquina esperando ambivalencia
esperando vehemencia, esperando esperanza.
Me miran, me miran, me miran.
Geometría balbuceada en las paredes,
regocijo cansado de sus dolores
hasta que amputa una de sus piernas.
Me miran, me miran, me miran.
Destrozadas fieras que buscan compensarse,
patéticos esperpentos enorgullecidos de sus fauces,
de sus rostros, de sus pezuñas y su sangre.
Enorgullecidos sin sentir su lenta disnea,
su lengua seca y la mañana que los carcome.
Luz tras luz, días tras días
diáfanos como espuma entre los manglares,
infectos como la espuma entre los manglares,
macilentos como la espuma entre los manglares,
deshechos como la maldita espuma entre los manglares.
Me miran, me miran, me miran
con lúgubre apatía que deshilvana mi nombre.