Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Ese instante en que te amé
no tuvo principio ni final,
se extendió como la curva de un río
en el mapa borroso de la memoria,
dibujando geografías
que solo los sueños pueden habitar.
Ese instante fue un eco sin origen,
una brújula sin norte,
la pausa entre dos respiraciones,
un paréntesis abierto
en la gramática absurda de los días.
En ese instante,
el tiempo se desplomó sin hacer ruido,
como una hoja de otoño
en una ciudad que olvidó su nombre.
Los relojes aprendieron a mentir
y el sol se disfrazó de luna
para no delatarnos.
Te amé en la ausencia del lenguaje,
donde las palabras se quedaron pequeñas,
como monedas inútiles
en el fondo de un bolsillo.
Fue un amor que no supo ser otra cosa,
que no tuvo más pretensión
que la de existir un segundo
más allá de sí mismo.
Ese instante en que te amé
se convirtió en todos los instantes,
en una galaxia diminuta
que aún orbita en algún rincón
del universo que formamos al separarnos.
Y aunque el tiempo se empeñe
en desdibujar lo que fuimos,
el instante persiste,
clavado en la piel del recuerdo,
latente como el eco de un verso
que se niega a morir.
no tuvo principio ni final,
se extendió como la curva de un río
en el mapa borroso de la memoria,
dibujando geografías
que solo los sueños pueden habitar.
Ese instante fue un eco sin origen,
una brújula sin norte,
la pausa entre dos respiraciones,
un paréntesis abierto
en la gramática absurda de los días.
En ese instante,
el tiempo se desplomó sin hacer ruido,
como una hoja de otoño
en una ciudad que olvidó su nombre.
Los relojes aprendieron a mentir
y el sol se disfrazó de luna
para no delatarnos.
Te amé en la ausencia del lenguaje,
donde las palabras se quedaron pequeñas,
como monedas inútiles
en el fondo de un bolsillo.
Fue un amor que no supo ser otra cosa,
que no tuvo más pretensión
que la de existir un segundo
más allá de sí mismo.
Ese instante en que te amé
se convirtió en todos los instantes,
en una galaxia diminuta
que aún orbita en algún rincón
del universo que formamos al separarnos.
Y aunque el tiempo se empeñe
en desdibujar lo que fuimos,
el instante persiste,
clavado en la piel del recuerdo,
latente como el eco de un verso
que se niega a morir.