GUADALUPE SEQUEIRA
Poeta recién llegado
El tiempo pasa tan repetitivo, se estaciona en cada estación,
las contemplo como pinturas de un Rembrandt, me transportan,
a momentos que el éter del olvido ha dejado dormido en el regazo de los recuerdos,
y tu, en cada una de ellas como color viviente, la hoja, la gota, el viento,
el sentir y el pensar que provoca el clima que me llevan a tus brazos, a tus aromas.
Veranos con tu calor, que invade mi conciencia que gime por tu carne,
el sol de tus ojos que reaviva el alma que duerme, por el letargo del tiempo,
la ribera con tu piel de espuma aperlada, el océano que pinta en nuestros pies el camino,
la arena, noches arrullados por olas gigantescas, lunas llenas que las vaciamos con nuestros sueños,
siluetas, sombras que se aman a la luz de nuestros cuerpos,
se desnuda la vida y nos muestra el destino, lo devoramos con nuestros atardeceres venusinos .
Del invierno, su lluvia, trémula, monótona, nostálgica,
en cada gota tus pasos de piel descalzos,
en cada trueno que calzan tus esperanzas con mis utopías y quimeras,
en el viento húmedo navegamos con sueños,
la paz de la tormenta celebramos nuestra propios huracanes,
destructivos, pasionales, silenciosos con sus propias ráfagas, con su fiereza, con su alternativa calma.
Las primaveras llegan y entre tus pechos nacen mis fragancias,
las rosas de tus manos enternecen tus pasos y los míos,
pacíficos silencios que me llevan a tu cintura, renazco en tu vientre,
los trinos son tus palabras de aquellas matutinas caminatas,
entre bosques que nos dan la esperanza y el jilguero su canto,
la primavera se va, un poco angustiada y la despedimos,
con las primaveras de nuestras manos preñadas de lo vivido.
En aquellos otoños, navidades blancas, templadas, taciturnas, con sus fugaces amaneceres,
con ello hemos renacido, con la desnudez de la infancia, con la inocencia de estar desnudos
sus noches tardías y silenciosas, con su romance y su contingencia,
las enfrentamos con la serenata que la forma de amar nos provoca,
y con las lucecillas parpadeantes y entre ornamentos,
nos vestimos entre ellos siendo niños, riendo como infantes,
dejando al tiempo que pase, que las estaciones envejezcan,
mientras nosotros no tan inmortales, envejecemos,
pero nos inmortalizamos entre las estaciones,
dándoles su sentido, su sabor su inclemencia.
las contemplo como pinturas de un Rembrandt, me transportan,
a momentos que el éter del olvido ha dejado dormido en el regazo de los recuerdos,
y tu, en cada una de ellas como color viviente, la hoja, la gota, el viento,
el sentir y el pensar que provoca el clima que me llevan a tus brazos, a tus aromas.
Veranos con tu calor, que invade mi conciencia que gime por tu carne,
el sol de tus ojos que reaviva el alma que duerme, por el letargo del tiempo,
la ribera con tu piel de espuma aperlada, el océano que pinta en nuestros pies el camino,
la arena, noches arrullados por olas gigantescas, lunas llenas que las vaciamos con nuestros sueños,
siluetas, sombras que se aman a la luz de nuestros cuerpos,
se desnuda la vida y nos muestra el destino, lo devoramos con nuestros atardeceres venusinos .
Del invierno, su lluvia, trémula, monótona, nostálgica,
en cada gota tus pasos de piel descalzos,
en cada trueno que calzan tus esperanzas con mis utopías y quimeras,
en el viento húmedo navegamos con sueños,
la paz de la tormenta celebramos nuestra propios huracanes,
destructivos, pasionales, silenciosos con sus propias ráfagas, con su fiereza, con su alternativa calma.
Las primaveras llegan y entre tus pechos nacen mis fragancias,
las rosas de tus manos enternecen tus pasos y los míos,
pacíficos silencios que me llevan a tu cintura, renazco en tu vientre,
los trinos son tus palabras de aquellas matutinas caminatas,
entre bosques que nos dan la esperanza y el jilguero su canto,
la primavera se va, un poco angustiada y la despedimos,
con las primaveras de nuestras manos preñadas de lo vivido.
En aquellos otoños, navidades blancas, templadas, taciturnas, con sus fugaces amaneceres,
con ello hemos renacido, con la desnudez de la infancia, con la inocencia de estar desnudos
sus noches tardías y silenciosas, con su romance y su contingencia,
las enfrentamos con la serenata que la forma de amar nos provoca,
y con las lucecillas parpadeantes y entre ornamentos,
nos vestimos entre ellos siendo niños, riendo como infantes,
dejando al tiempo que pase, que las estaciones envejezcan,
mientras nosotros no tan inmortales, envejecemos,
pero nos inmortalizamos entre las estaciones,
dándoles su sentido, su sabor su inclemencia.
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