Orfelunio
Poeta veterano en el portal
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Estafi y Estrepto
Voy a contarte Durero, la historia de Estafi y de Estrepto... Cuando yo era jovencito, ayudaba en la Iglesia a las labores de catequesis, que preparaba a los niños para tomar su primera comunión. Había dos niños que nunca escuchaban, y, si lo hacían, nunca aprendieron la lección: “La Santa Virgen, ¡la virgen Santa!... La Casta Virgen sin bragas anda.
Cuando yo explicaba algún asunto sobre Cristo, o la Santísima Trinidad: El Espíritu Santo es tres, el Hijo es dos, y el Padre es uno; a mí, me salían seis, y eso… tiene su explicación.
<El Espíritu Santo es uno como construcción, y dos como cualidad; el Hijo es uno como paridad, y dos como afinidad con la cualidad santa del Espíritu; y el Padre es uno como semental, de intrínseco espíritu reflejado en el hijo, al mostrar la cualidad espiritual>. Dicho esto, Estafi y Estrepto, una fila más atrás se miraban el uno al otro, sonriendo con sus melladuras, y asintiendo con la cabeza.
El día que llegaron, o que aparecieron Estafi y Estrepto, estábamos jugando como todos los días, en la calle Baja, que sube al monte, y baja al río. Pasaron entre nosotros, con sus pelos deshechos y sucios; uno más alto que el otro; con su sonrisa, que mostraba sus dientes mellados, y con sus rotas ropas, casi desnudos, hechos harapos. Desafiantes y dando bandazos se alejaron, y arriba de la calle hicieron un alto; dándose la vuelta, levantaron la mano y señalaron a Andresito, de mote “Leuco”; después siguieron su camino y desaparecieron tras la oscuridad del bosque, avanzada la tarde noche. Leuco quedó asustado, paralizado; y nosotros salimos corriendo hacia nuestras casas; y al ver que Leuco no se movía acudimos en su ayuda. Estaba desorientado, como en otro lugar… Y todos, asustados, lo llevamos a su casa, de la que nunca más volvió a salir. El entierro fue en la tarde del día siguiente. El cementerio era un llanto; hasta los pájaros lloraban al niño muerto, nuestro amigo Leuco. A lo lejos, pude distinguir a Estafi y Estrepto que se acercaban. Pasaron cerca de nosotros, sonriendo como siempre, y, para nuestra sorpresa, iban vestidos con ropas nuevas y perfumadas, con el pelo limpio y repeinado, sus dientes arreglados, y un andar de príncipes educados.
Al día siguiente, de nuevo entretenidos en nuestros juegos, aparecieron una vez más Estafi y Estrepto, y en lo alto de la calle, se repitió el suceso del día anterior. Esta vez fue señalada Santi, de mote “Linfo”. La llevamos a su casa, de la que nunca volvió a salir. El entierro se celebró en la tarde del día siguiente, con los mismos llantos, los mismos pájaros, y los mismos niños príncipes, Estafi y Estrepto, que pasaron de nuevo sonriendo y se alejaron. Este suceso, Durero, se repitió durante seis días consecutivos, hasta que sucedió algo increíble: llego al pueblo un niño llamado Jesi, de poco pene, de mucha pena y de mote “Peni”; según las malas lenguas, hijo del cura Flemi, y cuya acompañante no era más que su cuidadora y protectora, y para otros su verdadera madre.
El caso es, Durero, que Peni hizo muy pronto amistad con todo niño, integrándose de manera sorprendente al grupo, con nuestros juegos, nuestras bromas y repiques, como si hubiera sido siempre uno más del pueblo y nunca hubiera salido de él. Y sucedió, que estando de nuevo jugando en la calle Baja, que sube al monte, y baja al río, aparecieron los niños del infierno, con sus bocas melladas arregladas, con sus trajes pulidos, con su repeinado pelo, su sonrisa engaño, y su paso quedo; y al ver al nuevo, las nubes de aquella calle se hicieron negras; tronaron los cielos, hubo rozaduras y se produjo un desencuentro. El agua cayó; llovía simulando una cortina, y se alejaron los sepulcros; y allá arriba... en la calle oscurecida, hicieron un alto, y “Peni” levantó la mano señalando a aquellos niños, uno más alto, otro más bajo, llenos de harapos; casi desnudos, con su pelo sucio y deshecho, con sus dientes mellados, desapareciendo en la profundidad de la noche, de donde nunca más volvieron.
¿Es verdad lo que dicen?, le pregunté a nuestro amigo.
Sí, -dijo- Me llamo Penicilina. Esos niños son el demonio, yo soy locura. Mi Padre exige mi sangre virgen; mi madre es virgen de un bulo. Mi padre Flemi… el cura, que te lo explique.
Ya ves, Durero, cómo es la historia que he vivido, y que te he contado. Pero hay una versión distinta, llamada para adultos, donde el cura, llamado Flemi, como un mito con su grito, en un acto de iniciación preparaba a los niños, haciendo beber de un bastón a nuestro amigo Peni, como previa penitencia purificadora, antes de la santa comunión; pero yo nunca bebí de aquella esencia, porque no soy la cura imposición.
¡Vámonos Durero!, por hoy... ya has bebido suficiente; con tu barriga de uña, tus mellados dientes, tu pelo tura, tus patas hilos, tus ojos fierros, tu raso tierno de monaguillo, y tu alma izquierda de calentura. ¡Bestia impensable, inhumana, de podrida sepultura!, de calle baja, que sube al monte y baja al río; doscientos metros de cielos y blancos juegos, de espíritu espurio, de mote Padre, de pío Hijo... Lamer la mar, la muerte es tu cobijo. Adiós Durero… hasta otra tarde.
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