Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Estamos ebrios de amor,
y no hace falta vino ni copa:
bastan tus labios que me derraman,
bastan tus manos que tropiezan en mi pecho
como quien busca la llave de un templo secreto.
Caminamos tambaleantes,
entre besos que saben a madrugada,
entre caricias que se derraman
como un río que ha perdido sus orillas.
No sabemos dónde empieza la cordura,
ni dónde acaba el deseo,
porque la frontera se disuelve
en cada roce, en cada mirada desbordada.
Estamos ebrios de amor,
como náufragos que han encontrado
un océano para perderse.
Las palabras se confunden,
se tropiezan, se muerden,
y aun así nos entendemos:
el idioma es la piel,
la lengua es el latido,
la gramática es el temblor.
Y si mañana despierta la sobriedad,
que tiemble, que dude, que se arrepienta;
nosotros seguimos aquí,
descalzos en la bruma,
embriagados, delirantes,
viviendo en el vértigo dulce
de este amor sin medida
y no hace falta vino ni copa:
bastan tus labios que me derraman,
bastan tus manos que tropiezan en mi pecho
como quien busca la llave de un templo secreto.
Caminamos tambaleantes,
entre besos que saben a madrugada,
entre caricias que se derraman
como un río que ha perdido sus orillas.
No sabemos dónde empieza la cordura,
ni dónde acaba el deseo,
porque la frontera se disuelve
en cada roce, en cada mirada desbordada.
Estamos ebrios de amor,
como náufragos que han encontrado
un océano para perderse.
Las palabras se confunden,
se tropiezan, se muerden,
y aun así nos entendemos:
el idioma es la piel,
la lengua es el latido,
la gramática es el temblor.
Y si mañana despierta la sobriedad,
que tiemble, que dude, que se arrepienta;
nosotros seguimos aquí,
descalzos en la bruma,
embriagados, delirantes,
viviendo en el vértigo dulce
de este amor sin medida