Estigma del pecado
En las ocultas esquinas,
tras esas pérdidas alturas
donde dos verticales se acarician.
Donde la pasión y la demencia
detienen su marcha imperiosa y por
un cómplice instante se tocan,
para recoger el preciado perfume
de la ardiente rosa.
Al borde de esas cumbres vaporosas,
prohibidas y secretas de los sueños,
donde lo que un día plantaste
fuera sólo una ramita, crece.
Y logras hacerme sentir, que soy
el agua fabulosa, que revive
las raíces al sauce triste de tus ojos,
mineral que viertes hacia los extremos
de mi ser por los secretos y lívidos
túneles de tu voz.
Allí, impetuoso, sobre los implacables
acantilados del bien y del mal y restringido
al paraíso por el estigma del pecado y
la fiebre de los deseos, anudo soberbio
tu condena a la mía.
En las ocultas esquinas,
tras esas pérdidas alturas
donde dos verticales se acarician.
Donde la pasión y la demencia
detienen su marcha imperiosa y por
un cómplice instante se tocan,
para recoger el preciado perfume
de la ardiente rosa.
Al borde de esas cumbres vaporosas,
prohibidas y secretas de los sueños,
donde lo que un día plantaste
fuera sólo una ramita, crece.
Y logras hacerme sentir, que soy
el agua fabulosa, que revive
las raíces al sauce triste de tus ojos,
mineral que viertes hacia los extremos
de mi ser por los secretos y lívidos
túneles de tu voz.
Allí, impetuoso, sobre los implacables
acantilados del bien y del mal y restringido
al paraíso por el estigma del pecado y
la fiebre de los deseos, anudo soberbio
tu condena a la mía.