Existe, existe ese lugar
con el que poetas sueñan,
la historia de la palabra
lo buscaba, en el cielo,
en el infinito, en las estrellas,
en la inmensidad de la niebla.
Pero existe, cerca de la tristeza,
cerca de la poesía, sí,
más cerca de lo que se sueña en vida.
Tiene nombre, ¡un gran nombre!
Tan grande, elevado, altamente situado
entre arrugas del suelo,
de la tierra, mi tierra,
nuestro mundo.
Lo he pisado, pero sin tocarlo.
volé sobre sus hojas,
su río, sus almas poseedoras.
Pero lo vi, lo disfruté,
dormí con él, amé en él,
cumplí imposibles, rechacé verdades
sangrantes.
Pero lo vi, lo vi con los labios,
con las manos del tacto,
con los pies del sueño,
lo vi, y allí nací,
viví, y el corazón bailó,
sobre sus nubes,
sus trémulas pupilas,
Y sus troncos de mármol.
Lo vi todo, y todo perdí.
Allí, allí se engendró un nuevo ser,
un nuevo ente, maduro, viejo, joven, niño.
Volví a soñar con muerte
y con sonrisas, y con sus labios
que me besaron, me hablaron,
sin decir nada.
Me abrazó, sin palparme,
sin sentirme el viento,
ni la luz de la luna, ni ella,
pero lo vi, y sí
existe ese lugar.