BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay cóncavos empujones
de niebla y de tiniebla, embalando
flores y sacos, almendras y salivas,
de lleno, algo que impacta, que renueva
los vértices del crepúsculo, intacto
el cuerpo se doblega, instaura
su íntimo desacato: fúnebres miradas
de aposentos gélidos y vacíos, de sombríos
gestos con automáticos repetidores
que saltan y postergan su canto definitivo.
Hay dalias, negras exposiciones de un futuro,
recibos bancarios operando sobre las lágrimas,
desprotegidos cúmulos de polvos y armazones.
Hay omnímodos símbolos, reyes investidos,
fragancias selladas, cachos de termitas,
esqueletos selectos de pequeñas azucenas,
y un secreto temblor, y un rayo de esperanza
que emiten las vigas hacia el suelo.
Hay lascivas fuentes, tan sonoras
como un desierto negado, frentes
abalanzadas sobre un vaivén metálico,
de frondas antiguas que difunden
su hedor de cosa caída por las pantallas.
Hormigoneras, siglos, llaves, manojos
de violetas resecas, de caducas mamposterías,
de sensibles ganzúas, de inveterados salazones.
Y un nicho de sangre en la cúspide de las bombillas.
©
de niebla y de tiniebla, embalando
flores y sacos, almendras y salivas,
de lleno, algo que impacta, que renueva
los vértices del crepúsculo, intacto
el cuerpo se doblega, instaura
su íntimo desacato: fúnebres miradas
de aposentos gélidos y vacíos, de sombríos
gestos con automáticos repetidores
que saltan y postergan su canto definitivo.
Hay dalias, negras exposiciones de un futuro,
recibos bancarios operando sobre las lágrimas,
desprotegidos cúmulos de polvos y armazones.
Hay omnímodos símbolos, reyes investidos,
fragancias selladas, cachos de termitas,
esqueletos selectos de pequeñas azucenas,
y un secreto temblor, y un rayo de esperanza
que emiten las vigas hacia el suelo.
Hay lascivas fuentes, tan sonoras
como un desierto negado, frentes
abalanzadas sobre un vaivén metálico,
de frondas antiguas que difunden
su hedor de cosa caída por las pantallas.
Hormigoneras, siglos, llaves, manojos
de violetas resecas, de caducas mamposterías,
de sensibles ganzúas, de inveterados salazones.
Y un nicho de sangre en la cúspide de las bombillas.
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