Depauperado por la negra bilis que fermentaba en las entrañas del viejo anacoreta,decidió éste rezar a grito pelado al Dios de los ejércitos.Pero lo único que recibió fue una estampida tormentosa,abriéndose el cielo en hendidura mortal.Cayendo sobre la testa rasurada de nuestro infeliz monje una lluvia copiosa de granizo lacerante que quemaba sus pálidas carnes de enfermo próximo a la defunción.Entonces,furioso,se levantó de la áspera tierra en la que estaba arrodillado y,con un ademán siniestro,murmuró en palabras de salomónica clave insultos mortales contra la deidad que le negaba la remisión total de su enfermedad viciosa.Pero esto último fue escuchado por la madre naturaleza,la cual,sementada por la rabiosa iracundia del numen cristiano,lo enmarañó con las raíces de un viejo roble hacia las inmensidades profundas del infierno,donde se descompondría en el fuego eterno del archiconocido Lucifer.