Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Te pido que seas capaz de hacerme recordarte,
y que a su vez,
seas eso mismo que impida que te piense.
Que cuando me mires,
los pequeños habitantes de tus ojos
salten como piratas de barco a barco con cuchillos en la boca,
y que me hagan prisionero así
entre los fustes jónicos que no caben en la memoria.
Que abras impertinente mi boca con tus dedos,
y que naveguen las corcheas de tu voz el éter,
que caminen tus palabras como hormigas por la lengua.
Te pido que seas el silencio,
el más absoluto,
el necesario para poder evocarte entre dos besos,
entre dos luces,
entre dos fósforos encendidos en la noche.
Que no te cubras ni me cubras
como se cubren las cosas que no se ven,
que no te envuelvas en un mantel a cuadros,
que no te vistas para mí.
Que no pretendas cuidarme;
que seas sólo esa muerte suave,
ese mar que a veces viene y me lleva,
y me ahoga lejos y tan cerca.
y que a su vez,
seas eso mismo que impida que te piense.
Que cuando me mires,
los pequeños habitantes de tus ojos
salten como piratas de barco a barco con cuchillos en la boca,
y que me hagan prisionero así
entre los fustes jónicos que no caben en la memoria.
Que abras impertinente mi boca con tus dedos,
y que naveguen las corcheas de tu voz el éter,
que caminen tus palabras como hormigas por la lengua.
Te pido que seas el silencio,
el más absoluto,
el necesario para poder evocarte entre dos besos,
entre dos luces,
entre dos fósforos encendidos en la noche.
Que no te cubras ni me cubras
como se cubren las cosas que no se ven,
que no te envuelvas en un mantel a cuadros,
que no te vistas para mí.
Que no pretendas cuidarme;
que seas sólo esa muerte suave,
ese mar que a veces viene y me lleva,
y me ahoga lejos y tan cerca.