feher70
Poeta recién llegado
Allí estaba,
entre pétalos de rosas y claveles,
con sus ramas de caireles adornadas
y el regazo virginal de aquellos años.
Y mis ojos,
y mis ojos se posaron en el césped
cuyas lágrimas jugaban con el beso
cuando el sol con embeleso aparecía.
Un jardín,
era el cándido jardín de aquel verano,
que en mis manos derramaba su perfume
a la hora de abatir sus grandes alas.
Y fue mío,
y fue mío con el sol y las estrellas,
con Selene iluminándolo en las noches
entre un mágico vaivén de suaves olas.
Su fragancia...
enigmática fragancia de Afrodita,
que ningún otro mortal tomó del néctar
de aquel cáliz que mis labios profanaban.
La primicia,
la primicia de su amor me dio el consuelo,
el candor de su estrechez me dio refugio
y el aroma original de rojas flores.
Y fui suyo,
y fui suyo con el alma, con el cuerpo,
fuimos uno, fuimos nuestros, fuimos todo
con la miel-felicidad de aquellos años.
Y fue ella,
y fue ella ese jardín de mi alegría
que en la noche reflejaba entre las flores
el magnánimo abatir de grandes alas.
Siempre mía,
siempre mía hasta el ocaso del otoño,
cuando el frío congeló sus alegrías
con el halo misterioso de la muerte.
Y partió,
y partió como se va la primavera,
mas la brisa matinal dejó el aroma
con la esencia virginal de su perfume.
Y en el mármol,
y en el mármol donde escrito está su nombre
una rosa deposito con ternura
en memoria del jardín antes florido.
Y mis ojos,
y mis ojos se posaron en el césped,
y mis lágrimas jugaban con el beso
cuando el sol, con nuestro adiós... se despedía.
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Autor: Manuel Jesús Ferral Hernàndez (Feher70)
entre pétalos de rosas y claveles,
con sus ramas de caireles adornadas
y el regazo virginal de aquellos años.
Y mis ojos,
y mis ojos se posaron en el césped
cuyas lágrimas jugaban con el beso
cuando el sol con embeleso aparecía.
Un jardín,
era el cándido jardín de aquel verano,
que en mis manos derramaba su perfume
a la hora de abatir sus grandes alas.
Y fue mío,
y fue mío con el sol y las estrellas,
con Selene iluminándolo en las noches
entre un mágico vaivén de suaves olas.
Su fragancia...
enigmática fragancia de Afrodita,
que ningún otro mortal tomó del néctar
de aquel cáliz que mis labios profanaban.
La primicia,
la primicia de su amor me dio el consuelo,
el candor de su estrechez me dio refugio
y el aroma original de rojas flores.
Y fui suyo,
y fui suyo con el alma, con el cuerpo,
fuimos uno, fuimos nuestros, fuimos todo
con la miel-felicidad de aquellos años.
Y fue ella,
y fue ella ese jardín de mi alegría
que en la noche reflejaba entre las flores
el magnánimo abatir de grandes alas.
Siempre mía,
siempre mía hasta el ocaso del otoño,
cuando el frío congeló sus alegrías
con el halo misterioso de la muerte.
Y partió,
y partió como se va la primavera,
mas la brisa matinal dejó el aroma
con la esencia virginal de su perfume.
Y en el mármol,
y en el mármol donde escrito está su nombre
una rosa deposito con ternura
en memoria del jardín antes florido.
Y mis ojos,
y mis ojos se posaron en el césped,
y mis lágrimas jugaban con el beso
cuando el sol, con nuestro adiós... se despedía.
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Autor: Manuel Jesús Ferral Hernàndez (Feher70)
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