Lord Vélfragor
Poeta adicto al portal
Un reflejo, un espejo,
que llamea... en el horizonte,
con las palabras malditas,
que se escriben en tinta roja,
escudriñando un corazón...
Ensalzado con vítores,
que son más cantos paganos,
entre las soledades amenas,
compañías tétricas...
Bizarros pensamientos,
en un mundo cristalino,
con remolinos arreados,
por mano misteriosa y oculta,
Serviles ciervos,
encadenados al juramento,
ser fiel ante todo,
imbécil ante la realidad,
con fría vara... con fuego...
Que el castigo sea,
entre cornamentas doradas,
atravesar sus tripas...
para morir lentamente,
con las caricias silentes,
entre quejidos...
Que el río amarillo,
lleva el oro entre riveras,
y el lodo... ese
te lo tragas completo... tu...
En las faldas de un volcán,
forje la espada del silencio,
con la devorada mirada,
que en otros tiempos fue débil,
¡Andar entre espigas!
clavándome espinas,
con mares de vanidad...
espejos, espejos, espejos...
Que se rompan en añicos,
maldiciéndome por siete años,
como el gato negro acechó mi camino,
para condenarme a vivir entre ellos...
¡Ardan los bosques!
en llamas violetas,
con la luna como antorcha,
con estrellas distantes,
que no sanan las heridas...
¡Come un poco de tu historia!
para que tal vez así dejes de ser... tú...
idiota sin remedio... fantasma cómico...
de un ser que se llamó humano...
y ahora... ¡Nada!
Que el ataúd guarde sus clavos,
y la tierra descanse en tu boca,
porque hoy... el viento me lleva,
porque hoy... la rabia se espera,
Alea jacta est...
que la espada de Damocles,
pende no en tu cabeza,
si no en tu amargado corazón,
arrancando los suspiros... de un ayer...
Dientes podridos,
de tanto mentir...
de tanto esperar...
ahora... muere...
ahogado en tu veneno...
Que la dicha perdida,
entre los azares del tiempo,
sea restablecida por el ojo,
ese siempre vigilante,
Aquél que Horus proclama,
como el propio...
ese que Hermes ocultó,
para que los vanos no lo profanaran,
para que no lo pisotearán,
lo blasfemos con Dios...
Cargando la cruz,
de un ídolo de barro,
pues de barro fueron nacidos,
como estiércol en su alma...
El brillo ausente... sin nombre,
de la estrella de Belén...
tres reyes... muertos,
que ni magos ni santos...
Arenas del tiempo,
con el firmamento compuesto,
de cadáveres divinos,
absurdos profetas...
con asco los escupo...
Espejo... espejo,
vértigo... mareo,
vómito... de ver lo que será...
lo que nunca fui...
y lo que soy...
Será al fin que comprendas,
que la soledad es solitud,
que la muerte es vida,
y Dios... nada... solo tú...
Destino inerte...
espadas quebradas,
mas la voluntad...
¡Intacta!
Ni Dios ni diablo,
Ni hombre ni mujer...
Podrá ser lo que yo soy...
Muerto y vivo,
Amante y odiado...
Entre telarañas de misterio,
Entre noches de novela...
Oculto en tinta negra,
Entre poemas de un poeta loco,
Y al tiempo siendo yo mismo Él
Vélfragor o él....
L.V.
que llamea... en el horizonte,
con las palabras malditas,
que se escriben en tinta roja,
escudriñando un corazón...
Ensalzado con vítores,
que son más cantos paganos,
entre las soledades amenas,
compañías tétricas...
Bizarros pensamientos,
en un mundo cristalino,
con remolinos arreados,
por mano misteriosa y oculta,
Serviles ciervos,
encadenados al juramento,
ser fiel ante todo,
imbécil ante la realidad,
con fría vara... con fuego...
Que el castigo sea,
entre cornamentas doradas,
atravesar sus tripas...
para morir lentamente,
con las caricias silentes,
entre quejidos...
Que el río amarillo,
lleva el oro entre riveras,
y el lodo... ese
te lo tragas completo... tu...
En las faldas de un volcán,
forje la espada del silencio,
con la devorada mirada,
que en otros tiempos fue débil,
¡Andar entre espigas!
clavándome espinas,
con mares de vanidad...
espejos, espejos, espejos...
Que se rompan en añicos,
maldiciéndome por siete años,
como el gato negro acechó mi camino,
para condenarme a vivir entre ellos...
¡Ardan los bosques!
en llamas violetas,
con la luna como antorcha,
con estrellas distantes,
que no sanan las heridas...
¡Come un poco de tu historia!
para que tal vez así dejes de ser... tú...
idiota sin remedio... fantasma cómico...
de un ser que se llamó humano...
y ahora... ¡Nada!
Que el ataúd guarde sus clavos,
y la tierra descanse en tu boca,
porque hoy... el viento me lleva,
porque hoy... la rabia se espera,
Alea jacta est...
que la espada de Damocles,
pende no en tu cabeza,
si no en tu amargado corazón,
arrancando los suspiros... de un ayer...
Dientes podridos,
de tanto mentir...
de tanto esperar...
ahora... muere...
ahogado en tu veneno...
Que la dicha perdida,
entre los azares del tiempo,
sea restablecida por el ojo,
ese siempre vigilante,
Aquél que Horus proclama,
como el propio...
ese que Hermes ocultó,
para que los vanos no lo profanaran,
para que no lo pisotearán,
lo blasfemos con Dios...
Cargando la cruz,
de un ídolo de barro,
pues de barro fueron nacidos,
como estiércol en su alma...
El brillo ausente... sin nombre,
de la estrella de Belén...
tres reyes... muertos,
que ni magos ni santos...
Arenas del tiempo,
con el firmamento compuesto,
de cadáveres divinos,
absurdos profetas...
con asco los escupo...
Espejo... espejo,
vértigo... mareo,
vómito... de ver lo que será...
lo que nunca fui...
y lo que soy...
Será al fin que comprendas,
que la soledad es solitud,
que la muerte es vida,
y Dios... nada... solo tú...
Destino inerte...
espadas quebradas,
mas la voluntad...
¡Intacta!
Ni Dios ni diablo,
Ni hombre ni mujer...
Podrá ser lo que yo soy...
Muerto y vivo,
Amante y odiado...
Entre telarañas de misterio,
Entre noches de novela...
Oculto en tinta negra,
Entre poemas de un poeta loco,
Y al tiempo siendo yo mismo Él
Vélfragor o él....
L.V.