Elvin Pierantoni
Poeta recién llegado
Bajo el peso de una noche
de titilantes estrellas,
sentadita en su sillon
y alumbrandola una vela,
me aguardaba mi viejita
como un viejo centinela,
con la vista en la distancia
esperando a quien no llega.
Mas, con paso sigiloso,
a la luz de aquel candil,
me detuve a contemplarla
y... observe que de perfil
sus arrugas resaltaban
bajo ebras de marfil.
Languidecia la flama
de aquel cirio casi extinto
y vi en el a mi viejita
al final de un laberinto,
cuesta arriba por la vida
sin poder abrir la puerta,
sin hallar una salida
ni encontrar una respuesta.
La bese muy tiernamente,
!oh, que hermosa esa mujer!
toda cubierta de canas,
con arrugas en su piel;
senti su grata tibieza,
!era un pedazo de sol!
alumbrando los adentros
de su bello corazon.
De hinojos cai ante ella
con temor a despertarla
y una grata sensacion
senti muy dentro del alma
al posarme en su regazo,
cerca de su corazon
donde guarda los tesoros
que la vida le obsequio.
Sobre el marmol de mi cara
-tibia piel sobre mi piel_
las caricias de sus manos,
la ternura de su ser,
las que no pinta la luna,
las que no chamusca el sol,
porque crecen cada dia
a la sombra del Creador.
Sin que apenas lo notara,
dos luceros centelleaban
en los ojos de mi madre
esa fria madrugada;
dos gotas se desprendian,
dos gemas acrisoladas,
cayendo sobre el pequeño
que en su falda sollozaba.
Elvin Pierantoni -autor- 5/15/04 Orlando, Florida
de titilantes estrellas,
sentadita en su sillon
y alumbrandola una vela,
me aguardaba mi viejita
como un viejo centinela,
con la vista en la distancia
esperando a quien no llega.
Mas, con paso sigiloso,
a la luz de aquel candil,
me detuve a contemplarla
y... observe que de perfil
sus arrugas resaltaban
bajo ebras de marfil.
Languidecia la flama
de aquel cirio casi extinto
y vi en el a mi viejita
al final de un laberinto,
cuesta arriba por la vida
sin poder abrir la puerta,
sin hallar una salida
ni encontrar una respuesta.
La bese muy tiernamente,
!oh, que hermosa esa mujer!
toda cubierta de canas,
con arrugas en su piel;
senti su grata tibieza,
!era un pedazo de sol!
alumbrando los adentros
de su bello corazon.
De hinojos cai ante ella
con temor a despertarla
y una grata sensacion
senti muy dentro del alma
al posarme en su regazo,
cerca de su corazon
donde guarda los tesoros
que la vida le obsequio.
Sobre el marmol de mi cara
-tibia piel sobre mi piel_
las caricias de sus manos,
la ternura de su ser,
las que no pinta la luna,
las que no chamusca el sol,
porque crecen cada dia
a la sombra del Creador.
Sin que apenas lo notara,
dos luceros centelleaban
en los ojos de mi madre
esa fria madrugada;
dos gotas se desprendian,
dos gemas acrisoladas,
cayendo sobre el pequeño
que en su falda sollozaba.
Elvin Pierantoni -autor- 5/15/04 Orlando, Florida