Explorando en tu rostro
una frutilla herida he probado.
Siento quemarse mis venas,
al pasar velozmente la sangre
veneno de amor
y locura.
Percibo el corazón convulsionado
por el fundamentalismo de la pasión
que has liberado dentro de mi,
la extraña fuerza que diluye mensajes
de la intensión escondida
tras el deseo agazapado.
Tus ojos extrañados me miran
como si tu misma no supieras
que es lo que ocurre,
como si ignoraras de tu belleza
la insinuante y exquisita sonrisa
que hasta el aire me ha tenido envidia.
Fue menos de un segundo
y nadie se dio cuenta que me he sonrojado,
que he cerrado en mi las iglesias
y vertido mis sentidos instintivos
para internarme en el sabor.
En tu frutilla herida.