Miguel Mercurio
Poeta recién llegado
¡Fue aquel día, en el que te conocí!
Con tu diadema de blancos claveles
reverdecieron los viejos laureles
sobre tus cabellos, ¡que yo los vi!
¡Fue aquel día, en el que te conocí!
Unos bravos e impetuosos corceles
galoparon raudos sobre mis pieles
con gran estruendo, ¡que yo los sentí!
¡Fue en aquel día, sí, aquel nuevo día!
Cuando los pretéritos se fundieron
y la candente aleación nacía
de la hoguera que tus ojos prendieron
mientras muy lenta de sed se moría
la tristeza que mis labios bebieron.
Con tu diadema de blancos claveles
reverdecieron los viejos laureles
sobre tus cabellos, ¡que yo los vi!
¡Fue aquel día, en el que te conocí!
Unos bravos e impetuosos corceles
galoparon raudos sobre mis pieles
con gran estruendo, ¡que yo los sentí!
¡Fue en aquel día, sí, aquel nuevo día!
Cuando los pretéritos se fundieron
y la candente aleación nacía
de la hoguera que tus ojos prendieron
mientras muy lenta de sed se moría
la tristeza que mis labios bebieron.