Gatos de iris azulinos

Enrique Romero

Poeta recién llegado
Gatos de iris azulinos
me guían por el sendero de azucenas.
Doce espartanos con sus alabardas
me alertaban de los peligros.
Vi un lago de azufre que desprendía
cocodrilos fosforescentes.
Vi en la boca de un tímpano
a un caracol cerrarse y estremecerse.
El ocaso me silbaba su melodía,
una especie de enternecida paranoia.
Atravesé los recovecos
donde paría el arte sus hijos pródigos.
Me asomé al abismo implacable
de la eternizada espera.
Lloré sobre los mástiles de la unión europea,
la mala leche de no tener un porro para encenderme.
Reanudé mi travesía en la selva susurrante,
un solo ser vivo podía entenderme.
Bajó la luna a imitar mi naturaleza,
era una criatura pálida y triste.
Me quedé con ella
y ahora se oculta de mí.
¿Debería seguirla? ¿Podría?
Un alud incansable me está por devorar los talones.
Esta noche incendiada por tus pupilas
no tendrá ningún consuelo,
agostado hasta las cenizas
por amarte.
Quisiera ahogarme en el vaso de cigarrillos.
Alcatraces escarlatas vagan por mi crepúsculo imaginario,
una suelta su ala que se dilata como un paraguas.
Visitó al prócer, el me da un poco de percepción,
escupe las aguas donde me bautizaron.
Gotas de un corazón aguijonado por el tiempo.
Una mirada que abarca al mundo entero
muere de una implosión sideral
y revive en tan solo un segundo.
El pedante quiere explicar el delirio.
Yo no sé de nada de estos colores que se derraman
como cataratas en mis venas.
Tú eres solo tú.
Y tu sangre, la ira volcánica.
 
Gatos de iris azulinos
me guían por el sendero de azucenas.
Doce espartanos con sus alabardas
me alertaban de los peligros.
Vi un lago de azufre que desprendía
cocodrilos fosforescentes.
Vi en la boca de un tímpano
a un caracol cerrarse y estremecerse.
El ocaso me silbaba su melodía,
una especie de enternecida paranoia.
Atravesé los recovecos
donde paría el arte sus hijos pródigos.
Me asomé al abismo implacable
de la eternizada espera.
Lloré sobre los mástiles de la unión europea,
la mala leche de no tener un porro para encenderme.
Reanudé mi travesía en la selva susurrante,
un solo ser vivo podía entenderme.
Bajó la luna a imitar mi naturaleza,
era una criatura pálida y triste.
Me quedé con ella
y ahora se oculta de mí.
¿Debería seguirla? ¿Podría?
Un alud incansable me está por devorar los talones.
Esta noche incendiada por tus pupilas
no tendrá ningún consuelo,
agostado hasta las cenizas
por amarte.
Quisiera ahogarme en el vaso de cigarrillos.
Alcatraces escarlatas vagan por mi crepúsculo imaginario,
una suelta su ala que se dilata como un paraguas.
Visitó al prócer, el me da un poco de percepción,
escupe las aguas donde me bautizaron.
Gotas de un corazón aguijonado por el tiempo.
Una mirada que abarca al mundo entero
muere de una implosión sideral
y revive en tan solo un segundo.
El pedante quiere explicar el delirio.
Yo no sé de nada de estos colores que se derraman
como cataratas en mis venas.
Tú eres solo tú.
Y tu sangre, la ira volcánica.
Querido Enrique una magia especial tus formas poeticas,
uno ha bebido en ella varias veces y se sigue abriendo esa
magnitud de tus moldeadas imagenes para como en
un sueño elevar el aturdimiento de esas formas que
se buscan. excelente. saludos amables de luzyabsenta
 
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