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Geografía de la Miel

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Era mi lengua un río ciego
que descendía por tu mapa de yeso,
trazando alfabetos en la sombra
donde la piel se abre como un pergamino húmedo.

Navegué los valles de tu espalda,
bebí el rocío de tus costillas,
fui caracol en la concha secreta
que guarda el eco de un mar no nombrado.

Era mi boca un animal de lluvia
lamiendo la sed de tus desiertos,
descifrando en tu ombligo
la escritura antigua del hambre.

Sorbí la sal de tus pezones,
semillas rojas que el verano madura,
y en la cueva tibia de tu entrepierna
murmuré el himno que las abejas inventaron
para robarle a las flores su agonía.

Era mi lengua un fuego lento
que fundió tus relojes de arena,
un relámpago en la noche de tus muslos,
la raíz que bebe en la grieta de la tierra
hasta encontrar el agua que no tiene nombre.

Y así, cuerpo mío sobre tu cuerpo,
fuimos dos pájaros borrachos de viento,
dos dioses viejos que olvidaron su culto
para comerse el mundo a lengüetazos.
 
Era mi lengua un río ciego
que descendía por tu mapa de yeso,
trazando alfabetos en la sombra
donde la piel se abre como un pergamino húmedo.

Navegué los valles de tu espalda,
bebí el rocío de tus costillas,
fui caracol en la concha secreta
que guarda el eco de un mar no nombrado.

Era mi boca un animal de lluvia
lamiendo la sed de tus desiertos,
descifrando en tu ombligo
la escritura antigua del hambre.

Sorbí la sal de tus pezones,
semillas rojas que el verano madura,
y en la cueva tibia de tu entrepierna
murmuré el himno que las abejas inventaron
para robarle a las flores su agonía.

Era mi lengua un fuego lento
que fundió tus relojes de arena,
un relámpago en la noche de tus muslos,
la raíz que bebe en la grieta de la tierra
hasta encontrar el agua que no tiene nombre.

Y así, cuerpo mío sobre tu cuerpo,
fuimos dos pájaros borrachos de viento,
dos dioses viejos que olvidaron su culto
para comerse el mundo a lengüetazos.
Una poesía más que romántica, muy sensual.

Un saludo desde mi humilde Habana, hasta PR.
 
Era mi lengua un río ciego
que descendía por tu mapa de yeso,
trazando alfabetos en la sombra
donde la piel se abre como un pergamino húmedo.

Navegué los valles de tu espalda,
bebí el rocío de tus costillas,
fui caracol en la concha secreta
que guarda el eco de un mar no nombrado.

Era mi boca un animal de lluvia
lamiendo la sed de tus desiertos,
descifrando en tu ombligo
la escritura antigua del hambre.

Sorbí la sal de tus pezones,
semillas rojas que el verano madura,
y en la cueva tibia de tu entrepierna
murmuré el himno que las abejas inventaron
para robarle a las flores su agonía.

Era mi lengua un fuego lento
que fundió tus relojes de arena,
un relámpago en la noche de tus muslos,
la raíz que bebe en la grieta de la tierra
hasta encontrar el agua que no tiene nombre.

Y así, cuerpo mío sobre tu cuerpo,
fuimos dos pájaros borrachos de viento,
dos dioses viejos que olvidaron su culto
para comerse el mundo a lengüetazos.

Buenas letras amigo Anibal. Siempre es un verdadero deleite detenerse en tus versos y disfrutar con su lectura querido amigo.
Siempre un fuerte abrazo

 
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