Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Hay un alba que nace entre los pliegues de la sábana,
un idioma sin vocales donde la piel deletrea
su propio evangelio.
Tus manos son cartógrafas del vértigo:
trazan ríos donde solo había ceniza,
descifran la ecuación de mis huesos
hasta hallar la raíz que quema.
Algo crece —no es tacto, es marea—.
El cuarto se deshace en jirones de vaho,
y el tiempo, ese mentiroso,
se quiebra en dos mitades de fruta madura.
Respiramos en espejo:
tu boca es un océano que bebo a sorbos lentos,
mis caderas escriben un himno en código Morse
sobre la roca de tu silencio.
Y entonces…
La tierra se abre en espiral,
los pájaros olvidan su rumbo,
y en el centro del huracán
—ese instante preciso donde la luz se desnuda—
somos un solo animal desollado
que aúlla hacia la luna sin nombre.
Después, solo queda el mapa del sudor,
la caricia del aire dibujando territorios nuevos,
y esa semilla de eternidad
que germina entre nuestros labios.
un idioma sin vocales donde la piel deletrea
su propio evangelio.
Tus manos son cartógrafas del vértigo:
trazan ríos donde solo había ceniza,
descifran la ecuación de mis huesos
hasta hallar la raíz que quema.
Algo crece —no es tacto, es marea—.
El cuarto se deshace en jirones de vaho,
y el tiempo, ese mentiroso,
se quiebra en dos mitades de fruta madura.
Respiramos en espejo:
tu boca es un océano que bebo a sorbos lentos,
mis caderas escriben un himno en código Morse
sobre la roca de tu silencio.
Y entonces…
La tierra se abre en espiral,
los pájaros olvidan su rumbo,
y en el centro del huracán
—ese instante preciso donde la luz se desnuda—
somos un solo animal desollado
que aúlla hacia la luna sin nombre.
Después, solo queda el mapa del sudor,
la caricia del aire dibujando territorios nuevos,
y esa semilla de eternidad
que germina entre nuestros labios.