Geometrías de ojos verdes

prisionero inocente

Poeta que considera el portal su segunda casa
Me acomodé en el sillón de la terraza
para que mi sombra no se sienta sola.
Por un momento quise alejarme de ese rincón de vidrios
y trozos de azulejos que se agrandó con el tiempo
pero varias noches se juntaron en la punta de mis dedos
y cualquier rosa se volvió negra, al tocarla.
No hubo rosas, sino aire
de tus caderas.
Aire que inflingió a mis dedos la exasperación
de aplastar hormigas y sufrir su último temblor.
Las conté de una en una, cómo morían.
Las junté en un cofre
y bebí la mezcla de hormigas muertas
mientras me recelaban dioses de trapo.

Ayer pasó la ambulancia por nuestra calle
y el chófer decía que
las calles donde hay muertos, se renuevan.
Los muertos no copian las palabras de los muertos.
No sé si alguien dejo de ser,
era tan ignorante y de moda dejar de ser
como las rajadas hojas de las palmeras
que revelan instantes imposibles,
como el rugido de una tarde canicular
que reverbera en un libro amarillento.

Me proclamé grafiti
y volví a maldecir los carteles de las obras de teatro,
me proclamé grafiti de ese muro
que se distinguía por lagartijas
ebrias de su propio cosmos
como incompletas geometrías
de ojos verdes de la ausencia.
 
Me acomodé en el sillón de la terraza
para que mi sombra no se sienta sola.
Por un momento quise alejarme de ese rincón de vidrios
y trozos de azulejos que se agrandó con el tiempo
pero varias noches se juntaron en la punta de mis dedos
y cualquier rosa se volvió negra, al tocarla.
No hubo rosas, sino aire
de tus caderas.
Aire que inflingió a mis dedos la exasperación
de aplastar hormigas y sufrir su último temblor.
Las conté de una en una, cómo morían.
Las junté en un cofre
y bebí la mezcla de hormigas muertas
mientras me recelaban dioses de trapo.

Ayer pasó la ambulancia por nuestra calle
y el chófer decía que
las calles donde hay muertos, se renuevan.
Los muertos no copian las palabras de los muertos.
No sé si alguien dejo de ser,
era tan ignorante y de moda dejar de ser
como las rajadas hojas de las palmeras
que revelan instantes imposibles,
como el rugido de una tarde canicular
que reverbera en un libro amarillento.

Me proclamé grafiti
y volví a maldecir los carteles de las obras de teatro,
me proclamé grafiti de ese muro
que se distinguía por lagartijas
ebrias de su propio cosmos
como incompletas geometrías
de ojos verdes de la ausencia.


Cómo me enriquece tu poema... quería destacar pero lo destaco al completo. Es para releer y degustar poco a pocos, como un ocaso sabiéndose único. Muchas felicidades por tus creaciones, son geniales.

Abrazos,

Palmira
 
Me acomodé en el sillón de la terraza
para que mi sombra no se sienta sola.
Por un momento quise alejarme de ese rincón de vidrios
y trozos de azulejos que se agrandó con el tiempo
pero varias noches se juntaron en la punta de mis dedos
y cualquier rosa se volvió negra, al tocarla.
No hubo rosas, sino aire
de tus caderas.
Aire que inflingió a mis dedos la exasperación
de aplastar hormigas y sufrir su último temblor.
Las conté de una en una, cómo morían.
Las junté en un cofre
y bebí la mezcla de hormigas muertas
mientras me recelaban dioses de trapo.

Ayer pasó la ambulancia por nuestra calle
y el chófer decía que
las calles donde hay muertos, se renuevan.
Los muertos no copian las palabras de los muertos.
No sé si alguien dejo de ser,
era tan ignorante y de moda dejar de ser
como las rajadas hojas de las palmeras
que revelan instantes imposibles,
como el rugido de una tarde canicular
que reverbera en un libro amarillento.

Me proclamé grafiti
y volví a maldecir los carteles de las obras de teatro,
me proclamé grafiti de ese muro
que se distinguía por lagartijas
ebrias de su propio cosmos
como incompletas geometrías
de ojos verdes de la ausencia.
Espacios intimos liberados en una propia transformacion de
formas que van concluyendo imagenes donde la urbanidad
apresa y se hace angulos indirectos para unos sentimientos
de abstraccion magica. felicidades, excelentes imagenes.
saludos amables de luzyabsenta
 
Me acomodé en el sillón de la terraza
para que mi sombra no se sienta sola.
Por un momento quise alejarme de ese rincón de vidrios
y trozos de azulejos que se agrandó con el tiempo
pero varias noches se juntaron en la punta de mis dedos
y cualquier rosa se volvió negra, al tocarla.
No hubo rosas, sino aire
de tus caderas.
Aire que inflingió a mis dedos la exasperación
de aplastar hormigas y sufrir su último temblor.
Las conté de una en una, cómo morían.
Las junté en un cofre
y bebí la mezcla de hormigas muertas
mientras me recelaban dioses de trapo.

Ayer pasó la ambulancia por nuestra calle
y el chófer decía que
las calles donde hay muertos, se renuevan.
Los muertos no copian las palabras de los muertos.
No sé si alguien dejo de ser,
era tan ignorante y de moda dejar de ser
como las rajadas hojas de las palmeras
que revelan instantes imposibles,
como el rugido de una tarde canicular
que reverbera en un libro amarillento.

Me proclamé grafiti
y volví a maldecir los carteles de las obras de teatro,
me proclamé grafiti de ese muro
que se distinguía por lagartijas
ebrias de su propio cosmos
como incompletas geometrías
de ojos verdes de la ausencia.
Lo bueno del surrealismo es que lo puedes interpretar de mil maneras, lo leí tres veces y las tres me dieron diseños diferentes, lo que sí puedo decir es que las ausencias pueden ser el aire que respiras. Me ha encantado saberte bien y escribiendo nuevamente. Un gran saludo y abrazo Marcus.
 

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