Fabiola Montes
Poeta asiduo al portal
Un amanecer, embriagada,
dejé el ritmo de fiesta para perderme,
eufórica como estaba,
entre la ciudad y sus calzadas.
Retumbaba en mis oídos
el son alegre de juventud,
comodidad, familia y amigos.
Burgués melodía de quien vive en alivio.
Y así envalentonada,
dispuesta a conseguir para mí,
el mundo, me interne en rutas
que nunca antes recorrí.
Primer impase con la realidad helada:
como mercancía de canje,
sin haber llegado a los 10 años,
expuestos en el mercado
del sexo clandestino
niñas, niños, dolor, horror ví.
Y al desviar la mirada,
mis ojos incrédulos toparon
con la mirada marchita
de una muchachita carmesí.
Violada por su padre,
prostituida por su madre,
golpeada por su marido
rogaba sin palabras
morir, sólo morir.
Sin palabras y sin lágrimas,
con impotencia y con miedo,
me alejé de ese encuentro
para huir, sólo huir.
En frenética carrera
mis pasos me llevaron
al pié de un cartel publicitario
que rezaba zalamero
compre, tenga, use.
Más vale que sea usuario
de todo lo insulso
que no es necesario.
Y me marearon las falsas sonrisas.
Y me quemaron de angustia
el hambre y frío de los que huían.
Y me tapé con las manos el rostro
para no ver, para no sentir.
Y lloré...
y con cada lágrima
llene mi alma de olvido.
Como tantos, como todos,
como lloran los cocodrilos.
¿De qué sirve llorar y cruzar los brazos?
Mientras a mi lado la tierra se caía a pedazos,
llorando sin hacer nada,
en el infierno de mi propio llanto
sucumbí.
dejé el ritmo de fiesta para perderme,
eufórica como estaba,
entre la ciudad y sus calzadas.
Retumbaba en mis oídos
el son alegre de juventud,
comodidad, familia y amigos.
Burgués melodía de quien vive en alivio.
Y así envalentonada,
dispuesta a conseguir para mí,
el mundo, me interne en rutas
que nunca antes recorrí.
Primer impase con la realidad helada:
como mercancía de canje,
sin haber llegado a los 10 años,
expuestos en el mercado
del sexo clandestino
niñas, niños, dolor, horror ví.
Y al desviar la mirada,
mis ojos incrédulos toparon
con la mirada marchita
de una muchachita carmesí.
Violada por su padre,
prostituida por su madre,
golpeada por su marido
rogaba sin palabras
morir, sólo morir.
Sin palabras y sin lágrimas,
con impotencia y con miedo,
me alejé de ese encuentro
para huir, sólo huir.
En frenética carrera
mis pasos me llevaron
al pié de un cartel publicitario
que rezaba zalamero
compre, tenga, use.
Más vale que sea usuario
de todo lo insulso
que no es necesario.
Y me marearon las falsas sonrisas.
Y me quemaron de angustia
el hambre y frío de los que huían.
Y me tapé con las manos el rostro
para no ver, para no sentir.
Y lloré...
y con cada lágrima
llene mi alma de olvido.
Como tantos, como todos,
como lloran los cocodrilos.
¿De qué sirve llorar y cruzar los brazos?
Mientras a mi lado la tierra se caía a pedazos,
llorando sin hacer nada,
en el infierno de mi propio llanto
sucumbí.
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