Javier Palanca
Poeta fiel al portal
Yo era el único comensal hambriento
entre las calles Prieto y Pomares,
el único que esperaba en nervios
gustar los flecos de esos andares.
Y cuando emergías y te exhibías
se sofocaban todas las luces
y quedabas sola en un halo de candil
a cielo abierto o toldo de nubes.
Yo era tu paje esos diez minutos
que desfilaban como un destello,
y te me hurtaban tras esa puerta
cual veredicto de ácido ensueño.
Pero una víspera estiró el tiempo
y te alargaste sobre tus pasos,
llegando al parque de Los nocturnos
a pié de estatua de un olvidado.
Flotaste inerte entre unos minutos
antes de hurgar la matriz del bolso
y empuñar el lápiz de azul de ojos
con la energía de un sol a plomo.
El pedestal se refundó libreta
donde asentar tus dos frases:
¡Acércate que te huela,
no seas sombra y cobarde!.
entre las calles Prieto y Pomares,
el único que esperaba en nervios
gustar los flecos de esos andares.
Y cuando emergías y te exhibías
se sofocaban todas las luces
y quedabas sola en un halo de candil
a cielo abierto o toldo de nubes.
Yo era tu paje esos diez minutos
que desfilaban como un destello,
y te me hurtaban tras esa puerta
cual veredicto de ácido ensueño.
Pero una víspera estiró el tiempo
y te alargaste sobre tus pasos,
llegando al parque de Los nocturnos
a pié de estatua de un olvidado.
Flotaste inerte entre unos minutos
antes de hurgar la matriz del bolso
y empuñar el lápiz de azul de ojos
con la energía de un sol a plomo.
El pedestal se refundó libreta
donde asentar tus dos frases:
¡Acércate que te huela,
no seas sombra y cobarde!.