Habitándome
Habita los barcos que me sueño
-entre solos alcoholes-
y se me desnuda embadurnada de aceites.
Inalcanzable entre las incongruencias que maldigo
al perfume que sabe me acucia el celo animal.
Pero todo se me hace resbaloso
tacto de culebra su cuerpo y casco acorazado su boca.
Mientras, una a una, me envicia a sus probabilidades.
Habita los balcones más altos y las ventanas al abismo
menos escalable, de cada calle, que me obliga.
Golpeando de transeúntes a contenes
-la vista mareada de requisar las alturas-
dejo que avancen a mi recorrer las fachadas, ya comunes
y me asfixio en el amargo, que me aprieta la boca.
(Vive de mis flaquezas, abriendo y cerrando, a sus antojos
la bragueta de mis calzas. Haciéndome el deseo
que, a su placer, me impide -en alborozo que rabia-
sobre la escasez de venturas, en que me atasco,
porque me desarma, de los adentros, al mundo.
Dueña de las mal agraciadas circunstancias, que reprimen
de mis inicios espantados de causas
en que me veo ciclón, guardado, en vulgar botella
al garete por bajas aguas; mínimo de voluntades
achicándome en los roces).
Habita detrás de las muchas puertas, que no abro,
a la presunción de escaleras de cristales.
Y sufro la intemperie, no asistido del menor diálogo,
porque no se me entiende, en el idioma que le respiro.
Sabiéndole ahí
al alcance desnudo de una sutileza; que a su falta
me detiene reprimido de argucias
y recogido de intentos.
Habita las incertidumbres
que me sitúan al limbo de la discapacidad
por los mundanos usos del cuerpo
en que se me imposibilita, la imaginación de sus maneras.
Desgastándome, cualquier salvación posible
a la abstracción, que alivie de los físicos lastres;
cuando, a su virtualidad, me golpeo los órganos
-los músculos más íntimos- sintiendo el miedo entre las manos.
Entonces me llegan las frustraciones
y los espantos, que me desdicen de la debida compostura.
Y blando de pecho -huidizo-, me doy a morir
en la metáfora más horrible, del soneto
en que no logro rehacerme.
Sin más novedad, que su lejanía arrogante,
declaro la urgencia impostergable del rapto viril
que me desboque, al galope de ganármela.
Y cuando no
me regrese cabal y seguro, al juego sobre los filos,
sin quebranto de garganta.
Pichy
Habita los barcos que me sueño
-entre solos alcoholes-
y se me desnuda embadurnada de aceites.
Inalcanzable entre las incongruencias que maldigo
al perfume que sabe me acucia el celo animal.
Pero todo se me hace resbaloso
tacto de culebra su cuerpo y casco acorazado su boca.
Mientras, una a una, me envicia a sus probabilidades.
Habita los balcones más altos y las ventanas al abismo
menos escalable, de cada calle, que me obliga.
Golpeando de transeúntes a contenes
-la vista mareada de requisar las alturas-
dejo que avancen a mi recorrer las fachadas, ya comunes
y me asfixio en el amargo, que me aprieta la boca.
(Vive de mis flaquezas, abriendo y cerrando, a sus antojos
la bragueta de mis calzas. Haciéndome el deseo
que, a su placer, me impide -en alborozo que rabia-
sobre la escasez de venturas, en que me atasco,
porque me desarma, de los adentros, al mundo.
Dueña de las mal agraciadas circunstancias, que reprimen
de mis inicios espantados de causas
en que me veo ciclón, guardado, en vulgar botella
al garete por bajas aguas; mínimo de voluntades
achicándome en los roces).
Habita detrás de las muchas puertas, que no abro,
a la presunción de escaleras de cristales.
Y sufro la intemperie, no asistido del menor diálogo,
porque no se me entiende, en el idioma que le respiro.
Sabiéndole ahí
al alcance desnudo de una sutileza; que a su falta
me detiene reprimido de argucias
y recogido de intentos.
Habita las incertidumbres
que me sitúan al limbo de la discapacidad
por los mundanos usos del cuerpo
en que se me imposibilita, la imaginación de sus maneras.
Desgastándome, cualquier salvación posible
a la abstracción, que alivie de los físicos lastres;
cuando, a su virtualidad, me golpeo los órganos
-los músculos más íntimos- sintiendo el miedo entre las manos.
Entonces me llegan las frustraciones
y los espantos, que me desdicen de la debida compostura.
Y blando de pecho -huidizo-, me doy a morir
en la metáfora más horrible, del soneto
en que no logro rehacerme.
Sin más novedad, que su lejanía arrogante,
declaro la urgencia impostergable del rapto viril
que me desboque, al galope de ganármela.
Y cuando no
me regrese cabal y seguro, al juego sobre los filos,
sin quebranto de garganta.
Pichy