Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hablarle al viento de tu nombre,
se ha vuelto costumbre,
y te trae y te lleva,
y lo acomodo suave junto a mi piel,
arrullándolo candoroso entre mis ojos,
te muestro a la brisa,
y te vuelves cálida golpeando mi cara,
que expuesta se ensancha derritiendo mi escarcha.
Te he mostrado a la lluvia
y con ella se han confundido mis penas,
que en finas gotas se pierden en mis manos,
y diseño un velero,
para que el vaivén de las olas se las lleve,
a donde el sol se pierde cada tarde,
sé que al alba aparecerán por mi espalda,
pero espero que esa vez te quedes y no te vayas.
Te musito en silencio
y llegas como torbellino incandescente
haciendo de mis espacios fuego furioso,
que queman insistente en mis sienes,
convirtiendo mi memoria en cenizas calcinadas,
por no acostumbrarse a que te has vuelto sólo brizna en la brisa.
Detecto tu aroma un segundo,
y me sorprendo caminando al jardín,
en donde apareces con tu grácil mirada,
la que me invita a pasear por ahí
y siento que el aire me lleva,
casi sin pisar las grietas,
que han ido quedando tiradas en mi entrada,
más el sonido cadencioso del saxo
va quejándose junto a mi sombra ermitaña,
que hoy se ha cansado de sinalefas,
que sólo le han hecho recordar,
que alguna vez al viento le hablé de tu mirada,
haber si con el se marchaba
mi voz destemplada...
se ha vuelto costumbre,
y te trae y te lleva,
y lo acomodo suave junto a mi piel,
arrullándolo candoroso entre mis ojos,
te muestro a la brisa,
y te vuelves cálida golpeando mi cara,
que expuesta se ensancha derritiendo mi escarcha.
Te he mostrado a la lluvia
y con ella se han confundido mis penas,
que en finas gotas se pierden en mis manos,
y diseño un velero,
para que el vaivén de las olas se las lleve,
a donde el sol se pierde cada tarde,
sé que al alba aparecerán por mi espalda,
pero espero que esa vez te quedes y no te vayas.
Te musito en silencio
y llegas como torbellino incandescente
haciendo de mis espacios fuego furioso,
que queman insistente en mis sienes,
convirtiendo mi memoria en cenizas calcinadas,
por no acostumbrarse a que te has vuelto sólo brizna en la brisa.
Detecto tu aroma un segundo,
y me sorprendo caminando al jardín,
en donde apareces con tu grácil mirada,
la que me invita a pasear por ahí
y siento que el aire me lleva,
casi sin pisar las grietas,
que han ido quedando tiradas en mi entrada,
más el sonido cadencioso del saxo
va quejándose junto a mi sombra ermitaña,
que hoy se ha cansado de sinalefas,
que sólo le han hecho recordar,
que alguna vez al viento le hablé de tu mirada,
haber si con el se marchaba
mi voz destemplada...