pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dobló el cabo de la calle rozando la esquina del edificio con la manga de su raída chaqueta.
Durante unos pasos que asemejaban los ecos de una inmensa habitación vacía, siguió pensando en las rimas y en un poema inacabado, aquél que ya hacía tiempo se le escapaba de la inspiración, que le rehuía como si hubiera trascendido de su autor, aquel poema a la amistad perdida, a los amigos que se habían ido, a los cigarrillos apagados que ya no valía la pena reencender y hasta el final seguirlos aspirando.
El silencio era lo único que no había enmudecido. Se dio cuenta apenas de ello en escasos segundos de elucubraciones poéticas y personales. Los árboles ya no le miraban. Prendidos de las aceras, morían en un purgatorio que había secado ramas, hojas que navegaban por la vereda de adoquines, cortezas resquebrajadas. Los pájaros, los gorriones, las indómitas urracas de la ciudad rutilante, los pequeños jilgueros y pericos de las ventanas y las terrazas... Ni un gorjeo, ni un trino, ningún canto repentino...
¿Y los coches? ¿Cómo había tardado tanto tiempo en darse cuenta de eso, asombrado por sus propias reflexiones? No se escuchaban ni de lejos los frenazos, ni las bocinas, pero... era algo más que todo eso.
Durante unos pasos que asemejaban los ecos de una inmensa habitación vacía, siguió pensando en las rimas y en un poema inacabado, aquél que ya hacía tiempo se le escapaba de la inspiración, que le rehuía como si hubiera trascendido de su autor, aquel poema a la amistad perdida, a los amigos que se habían ido, a los cigarrillos apagados que ya no valía la pena reencender y hasta el final seguirlos aspirando.
El silencio era lo único que no había enmudecido. Se dio cuenta apenas de ello en escasos segundos de elucubraciones poéticas y personales. Los árboles ya no le miraban. Prendidos de las aceras, morían en un purgatorio que había secado ramas, hojas que navegaban por la vereda de adoquines, cortezas resquebrajadas. Los pájaros, los gorriones, las indómitas urracas de la ciudad rutilante, los pequeños jilgueros y pericos de las ventanas y las terrazas... Ni un gorjeo, ni un trino, ningún canto repentino...
¿Y los coches? ¿Cómo había tardado tanto tiempo en darse cuenta de eso, asombrado por sus propias reflexiones? No se escuchaban ni de lejos los frenazos, ni las bocinas, pero... era algo más que todo eso.

Detenido ya, con los ojos absortos en un punto lejano de aquella avenida infinita, buscaba el resol que le devolviera la vida, el brillo de alguna carrocería sucia, el betún en el asfalto de cualquier vehículo que perdiera aceite...
Nada. Ningún coche aparcado en la larga distancia que abarcaba su mirada. Ningún extracto de la vida, aparte de la suya misma. Ningún periódico gratuito se abandonaba tampoco en los bancos que se mantenían impasibles flanqueando la acera. Ningún avión, sólo traía el ruido de la soledad aquella brisa vespertina, como el hálito de sus propios pulmones reinspirado mil veces hasta vomitarlo todo allí mismo y no ser ayudado por nadie.
Cuando tuvo consciencia de que era una persona, regresó sobre sus pasos. Buscaba a aquella señora gorda que había adelantado en sus últimas inmediaciones, al ciego de la ONCE y su puesto de milagros y "rascas de la suerte" y el tañido de su moneda contra la lámina de chapa de su pequeño mostrador. Buscaba sus gafas de culo de botella y sus ojos perdidos en la ceguera. ¡Cuánto hubiera dado en ese momento por cruzar un "No, gracias" con cualquiera de aquellas personas a las que habitualmente no prestaba ni la más ínfima atención!
Tras decenas de metros sin advertir el mínimo cambio, entró en un edificio público que no le era desconocido. Los "post-it" amarillos del cuarto de ordenazas se mostraban vacíos de tinta y de mensajes, simplemente colgaban como ojos tuertos que le miraban y disimulaban riéndose entre ellos.
Subió escaleras arriba, las puertas se abrían al más leve empujón de su mano. El corazón le latía, no ya como un músculo sino que era el badajo calamitoso que reverberaba contra su propia caja torácica, como si fuera un hombre campana, una llamada a los gentíos que habían desaparecido, una conexión misteriosa por la cual alguien, tensando y destensando la cuerda, conseguía seguir abatiendo estrepitosamente de derecha a izquierda aquel corazón cansado suyo.
Se asomó al balcón presidencial, desde allí podía ver las calles circundantes y cómo normalmente el fragor de las gentes que recurrían a la compra diaria, que descansaban y holgaban de sus trabajos, que acudían a la parada del autobús, a... ¿para qué seguir? Nadie de todos ellos, ni los maniquíes habían sido convidados a aquel fatídico cuadro negro.
Desolado, rebajó los escalones de su esperanza hasta la misma calle que le esperaba con las manos recién abiertas. No podía contestar a todas las preguntas que se agolpaban donde el cerebro pierde su lógica y pregunta al cuerpo, y donde el cuerpo no tiene respuestas y sus sentidos le mienten y devuelven, como en una partida de ping-pong, las mismas cuestiones al cerebro, para que las atavíe de mentiras y no le diga que lo que ve es cierto.
La misma sociedad de la que no había necesitado redención alguna le apartaba ahora, le segregaba, con un respingo se liberaba de su propio moco tendido en la nariz social. Y desandaba sus pasos hacia ninguna parte. Ya no había destinos. Ni puntos de encuentro. Ni direcciones prohibidas o semáforos en rojo. Sólo rumbos desiguales y todos ellos seguirían acompañándole al mismo enclave. A ninguna parte. Inercia. La matemática de la arbitrariedad, del impulso de la aleatoriedad.
Y, sin embargo, en determinado momento, creyó escuchar... algo.
Sí. Creyó escuchar. Detenido, como una pantera en las ramas ahorcajada, orientó su oído para capturar más que nunca aquel lejano bisbisear, como atrapar una moneda de oro el más mísero y mezquino de los hombres.

Una voz lejana. La escuchaba ya más claramente. Dirigió sus pasos calle abajo. Allí estaba la plaza por donde pasaba todos los días, con su fuente ahora apagada y sus aguas corrientes detenidas. Encaró el ágora y buscó con la mirada. Seguía escuchando, parecía una letanía oscura. Malévola, tal vez. Incluso, incierta. Reconoció algunas palabras, "orilla", "¿peregrino?", "nos acercamos"...
El badajo de su corazón retumbaba como una locomotora contra las paredes de su campana torácica. Aquello era superior a todo y simplemente insoportable. Se ocultó medianamente detrás de un seto y se percató de aquel otro hombre a unos ocho metros de él mismo.
Preso como él del mismo infortunio, qué duda cabía. Atrapado en el mismo impás temporal y circunstancial. Estaba sentado en un banco de aquella plaza, de espaldas a él. No le veía la cara pero aparentaba tener muchos años. Gruesa barba blanca, tiraba miguitas de pan a las palomas que no habían aparecido tal día en la plaza, y así las dispersaba la suave brisa de la mañana. Pero aquel hombre no parecía reparar en ello y simplemente recitaba versos.
Ahora le escuchaba claramente. Eran versos. Era otro poeta. ¡Qué extraña enfermedad había aquejado al mundo para que sólo, y tal vez sólo, los poetas hubieran sido perdonados y soslayados por aquel devenir imposible!
Le escuchó claramente. "Hacia el lugar más allá de la orilla...". Y siguió recitando durante medio minuto, aproximadamente. No dio crédito. El mudo asombro estuvo a un suspiro de detener su corazón ya enardecido por las recientes emociones.
Aturdido, completamente estupefacto y con las pupilas encendidas como soles, comenzó a retirarse a tumbos y trompicones, con pequeños pasos hacia atrás hasta ver desaparecer a aquel anciano de su rango visual.
Había vuelto a comenzar su letanía: "Hacia el lugar más allá de la orilla...".
Sujetando las lágrimas tensas por una emoción inconfesable, regresó hasta la esquina del edificio ya casi sin fuerzas. Durante aquellos segundos siguió escuchando la misma perorata del viejo rapsoda. Y terminó por discernir con un hilillo de voz distante las últimas sentencias y versos: "Sin ojos, sin uñas, sin amo", lo que terminó de amordazar su aliento en la tráquea.
Dobló el cabo de la calle y apuró sus pasos con el ímpetu en sus rodillas y talones como si Deimos y Fobos le persiguieran, y con la distancia que crecía entre ellos devolviendo ya inaudibles las extravagancias del anciano.
Pero él ya corría. Regresaba sobre sus pasos buscando una veta temporal, una grieta dimensional, una hendidura de los espacios vitales multipuestos en que colarse o dejarse sepultar. Volver a cifrarse como un ser vivo. Como la persona que no había sido. Volver a comprar aquel cupón al ciego. Ayudar a cruzar la calle al minusválido del tercero. Apagar los noticiarios y telenovelas, los espacios publicitarios y escuchar los sentimientos. Sumar su sonrisa a la de cientos. Buscaba el resquicio por donde las culpas se convalidaban y perdonaban y se pone la cuenta como persona y ser humano a cero.
Corría, tropezando con los cuerpos que no existían, con los árboles que no le detenían, galopaba por una desierta ciudad vacía, gritando, sollozando a un silencio que no respondía.
Y siguió corriendo desaforado por la inmensa ciudad postrada.
Nadie le miraba ni le perseguía, ni reparaba ya en él.
"Hacia el lugar más allá de la orilla... ...sin ojos, sin uñas, sin amo".
Jamás ninguna otra persona había leído aquel extraño poema desde que él mismo lo escribiera hacía ya muchos años.
El badajo de su corazón retumbaba como una locomotora contra las paredes de su campana torácica. Aquello era superior a todo y simplemente insoportable. Se ocultó medianamente detrás de un seto y se percató de aquel otro hombre a unos ocho metros de él mismo.
Preso como él del mismo infortunio, qué duda cabía. Atrapado en el mismo impás temporal y circunstancial. Estaba sentado en un banco de aquella plaza, de espaldas a él. No le veía la cara pero aparentaba tener muchos años. Gruesa barba blanca, tiraba miguitas de pan a las palomas que no habían aparecido tal día en la plaza, y así las dispersaba la suave brisa de la mañana. Pero aquel hombre no parecía reparar en ello y simplemente recitaba versos.
Ahora le escuchaba claramente. Eran versos. Era otro poeta. ¡Qué extraña enfermedad había aquejado al mundo para que sólo, y tal vez sólo, los poetas hubieran sido perdonados y soslayados por aquel devenir imposible!
Le escuchó claramente. "Hacia el lugar más allá de la orilla...". Y siguió recitando durante medio minuto, aproximadamente. No dio crédito. El mudo asombro estuvo a un suspiro de detener su corazón ya enardecido por las recientes emociones.
Aturdido, completamente estupefacto y con las pupilas encendidas como soles, comenzó a retirarse a tumbos y trompicones, con pequeños pasos hacia atrás hasta ver desaparecer a aquel anciano de su rango visual.
Había vuelto a comenzar su letanía: "Hacia el lugar más allá de la orilla...".
Sujetando las lágrimas tensas por una emoción inconfesable, regresó hasta la esquina del edificio ya casi sin fuerzas. Durante aquellos segundos siguió escuchando la misma perorata del viejo rapsoda. Y terminó por discernir con un hilillo de voz distante las últimas sentencias y versos: "Sin ojos, sin uñas, sin amo", lo que terminó de amordazar su aliento en la tráquea.
Dobló el cabo de la calle y apuró sus pasos con el ímpetu en sus rodillas y talones como si Deimos y Fobos le persiguieran, y con la distancia que crecía entre ellos devolviendo ya inaudibles las extravagancias del anciano.
Pero él ya corría. Regresaba sobre sus pasos buscando una veta temporal, una grieta dimensional, una hendidura de los espacios vitales multipuestos en que colarse o dejarse sepultar. Volver a cifrarse como un ser vivo. Como la persona que no había sido. Volver a comprar aquel cupón al ciego. Ayudar a cruzar la calle al minusválido del tercero. Apagar los noticiarios y telenovelas, los espacios publicitarios y escuchar los sentimientos. Sumar su sonrisa a la de cientos. Buscaba el resquicio por donde las culpas se convalidaban y perdonaban y se pone la cuenta como persona y ser humano a cero.
Corría, tropezando con los cuerpos que no existían, con los árboles que no le detenían, galopaba por una desierta ciudad vacía, gritando, sollozando a un silencio que no respondía.
Y siguió corriendo desaforado por la inmensa ciudad postrada.
Nadie le miraba ni le perseguía, ni reparaba ya en él.
"Hacia el lugar más allá de la orilla... ...sin ojos, sin uñas, sin amo".
Jamás ninguna otra persona había leído aquel extraño poema desde que él mismo lo escribiera hacía ya muchos años.

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