Esperaré. Anunciará su llegada la venida de un caballo blanco, o un reflejo tan azul como un cielo estival, surcando mares, pasando montañas, rogando a las estrellas sólo por llegar. ¿Dónde? Qué más da. Puede que nuestras miradas se crucen en el más recóndito lugar, entes que se llaman con un lenguaje singular, andando por una calle transitada, en un universo aún por inventar, él en un tren, yo en un bar
Su sonrisa despertará otra en mí, mientras mi alma hará piruetas por hallarse frente a su mitad. Sus ojos reflejarán los míos, su presencia será mi bálsamo, cual abrigo y refugio de tanto camino y dolor pasado; sus manos, grandes, cálidas, suaves; sus largos brazos, fuertes, suficientes
Todo serán palabras sabidas, uno terminará la frase del otro, un leve movimiento iniciará el camino hacia los horizontes por cruzar
Las lágrimas derramadas serán consumidas y evaporadas gracias al hervor de nuestra cercanía; no tendrá cabida el dolor, que se alejará despacio, sabiéndose un extraño. Se marcharán las dudas, los temores, las preguntas Los silencios dirán más que las palabras, los sonidos oídos serán alabanzas, plegarias de placer.
Completado el destino, la serenidad se abrirá paso frente al mundo, florecerán sentimientos ni siquiera aún conocidos, sosegados y callados por una comunicación no verbal que, perceptible al el ojo ajeno, se tornará realidad. Y el tiempo se detendrá, amaneceres y ocasos a un mismo espacio acudirán, exclamando al mundo lo relativo de lo efímero. No habrá comienzos ni finales, todo transcurrirá en un infinito medio, inalterable, eterno Y todo cuanto se debía saber se presentará, no existirá el ayer, no vendrá el mañana, sólo un momento que conjugue más que la creación universal. Se plasmará lo incierto, la libertad vivirá entre las nubes, bañándonos como lluvia de aguacero, rápida, que nunca frugal.
Entonces, bajo el influjo del ser, latirá ocioso el corazón, vaivenes eléctricos, agitadas ramas del árbol por sembrar, que movidas por el súbito viento austral, se rendirán ante la ley más natural Y como llevada por la inercia, la fe se presentará, no llamada por el hombre, no por necesidad, aparecerá como testigo de que jamás existió ni existirá, amor igual.
Las lágrimas derramadas serán consumidas y evaporadas gracias al hervor de nuestra cercanía; no tendrá cabida el dolor, que se alejará despacio, sabiéndose un extraño. Se marcharán las dudas, los temores, las preguntas Los silencios dirán más que las palabras, los sonidos oídos serán alabanzas, plegarias de placer.
Completado el destino, la serenidad se abrirá paso frente al mundo, florecerán sentimientos ni siquiera aún conocidos, sosegados y callados por una comunicación no verbal que, perceptible al el ojo ajeno, se tornará realidad. Y el tiempo se detendrá, amaneceres y ocasos a un mismo espacio acudirán, exclamando al mundo lo relativo de lo efímero. No habrá comienzos ni finales, todo transcurrirá en un infinito medio, inalterable, eterno Y todo cuanto se debía saber se presentará, no existirá el ayer, no vendrá el mañana, sólo un momento que conjugue más que la creación universal. Se plasmará lo incierto, la libertad vivirá entre las nubes, bañándonos como lluvia de aguacero, rápida, que nunca frugal.
Entonces, bajo el influjo del ser, latirá ocioso el corazón, vaivenes eléctricos, agitadas ramas del árbol por sembrar, que movidas por el súbito viento austral, se rendirán ante la ley más natural Y como llevada por la inercia, la fe se presentará, no llamada por el hombre, no por necesidad, aparecerá como testigo de que jamás existió ni existirá, amor igual.