camicho
Poeta asiduo al portal
He visto asomarse, una y otra vez,
desgarrarse el alma.
Verla sufrir una vez el grito finado,
entre las fauces aun abiertas,
entre quienes claman la vida.
Inmersos en el duelo
en el dolor que causa
una vida interrumpida.
En un abrazo he visto contener
una frustra despedida.
Una mano extendida
queriendo tomar aún la vida.
Rodillas anclarse a la tierra.
Puños morder el polvo
motivados por agudo dolor.
Conciencias aturdidas
queriendo volar, he intentar
con sus almas un adiós poder dar.
Gafas ocultando miradas torturadas,
mejillas surcadas por el desconsuelo.
Sólo hay dos notas que se asoman
un crudo silencio,
otras un llanto eterno.
El mausoleo abierto aún,
permite la última frase antes de cerrado.
La pregunta en reproche.
Varios ¡porqué! se hacen presente.
La lógica para este ciclo está ausente.
Difícil no es conmoverse
sí se evidencian almas reunidas
dando a una la despedida.
Coronas de flores no mitigan la ausencia.
Las brisas más cálidas
se tornan gélidas.
Una vez que hombros cansados
han depositado el ataúd en su lecho.
Como siempre se ha hecho
una señal de cruz le pone fin al entierro.
No se le puede ver,
se le percibe por el clima frío que produce,
la mirada gacha , el suspiro ajeno.
La dama del manto negro
se asegura del protocolo no pactado.
Sopla el viento fuerte.
Se ha ido. Pasa a mi lado,
no se ha despedido.
Con eso a los presentes ha prometido,
visitarlos el día de su entierro.
Asegura una mejor función,
el duelo y las lágrimas en sollozo;
sobre todo terminar con los sueños.
Deja todo muy claro,
es inútil luchar una batalla
que al final la muerte ha de ganar.
desgarrarse el alma.
Verla sufrir una vez el grito finado,
entre las fauces aun abiertas,
entre quienes claman la vida.
Inmersos en el duelo
en el dolor que causa
una vida interrumpida.
En un abrazo he visto contener
una frustra despedida.
Una mano extendida
queriendo tomar aún la vida.
Rodillas anclarse a la tierra.
Puños morder el polvo
motivados por agudo dolor.
Conciencias aturdidas
queriendo volar, he intentar
con sus almas un adiós poder dar.
Gafas ocultando miradas torturadas,
mejillas surcadas por el desconsuelo.
Sólo hay dos notas que se asoman
un crudo silencio,
otras un llanto eterno.
El mausoleo abierto aún,
permite la última frase antes de cerrado.
La pregunta en reproche.
Varios ¡porqué! se hacen presente.
La lógica para este ciclo está ausente.
Difícil no es conmoverse
sí se evidencian almas reunidas
dando a una la despedida.
Coronas de flores no mitigan la ausencia.
Las brisas más cálidas
se tornan gélidas.
Una vez que hombros cansados
han depositado el ataúd en su lecho.
Como siempre se ha hecho
una señal de cruz le pone fin al entierro.
No se le puede ver,
se le percibe por el clima frío que produce,
la mirada gacha , el suspiro ajeno.
La dama del manto negro
se asegura del protocolo no pactado.
Sopla el viento fuerte.
Se ha ido. Pasa a mi lado,
no se ha despedido.
Con eso a los presentes ha prometido,
visitarlos el día de su entierro.
Asegura una mejor función,
el duelo y las lágrimas en sollozo;
sobre todo terminar con los sueños.
Deja todo muy claro,
es inútil luchar una batalla
que al final la muerte ha de ganar.