Finé
La eterna novata
Hipérbole
De lo más insondable a lo más superficial, sin pasar por los virtuosos términos medios, sometido en cuerpo y alma, o por contra, desganado, multiplico por cien la intensidad de las señales que recibo. Y si no son para mí, no importa, porque a mí las refiero.
En el punto de inflexión se disponen con pericia los que viven con mesura, observando mi impredecible vaivén.
Lo amable para mí es sublime; el elogio ya mi delirio; las lisonjas me idealizan y de las bromas me da hipo.
En el amor soy absoluto y en su opuesto más que agudo; los dos en mi piel por profundos, como ya escribiera el poeta.
Los vestigios me parecen sentencias, y las ofensas, desgracias. Las palabras me atraviesan como si fueran proverbios de sabios; los silencios me transforman en invisible, en inapreciable excesivo menguo.
Si camino es rapidísimo, y si no ni me muevo; o aniquilo los alimentos o íntegramente me abstengo; si hablo, parloteo; si enmudezco es para siempre; el agua, helada o candente, nunca tibia pues no la siento. Soy vital y soy suicida, o es blanco o es negro.
Combino mi dos extremos, resultando por efecto: el más apuesto y malcarado; de lo más capaz y más falto; extraquerido y megaodiado; bonísimo y malvado; lo más dulce y lo más amargo, según me vayan pasando.
Que se me acerquen por favor los templados, con su virtud a sacarme de quicio, porque ellos me amplifican y con los míos no siento (a mentira me suena su exagerada figura y no la profeso) . Ponderado me siento vivo, o viceversa, auguro que muero.
En este círculo sin centro- más que vicioso, perpetuo- constantemente regreso a mi nueva vida de excesos.
De lo más insondable a lo más superficial, sin pasar por los virtuosos términos medios, sometido en cuerpo y alma, o por contra, desganado, multiplico por cien la intensidad de las señales que recibo. Y si no son para mí, no importa, porque a mí las refiero.
En el punto de inflexión se disponen con pericia los que viven con mesura, observando mi impredecible vaivén.
Lo amable para mí es sublime; el elogio ya mi delirio; las lisonjas me idealizan y de las bromas me da hipo.
En el amor soy absoluto y en su opuesto más que agudo; los dos en mi piel por profundos, como ya escribiera el poeta.
Los vestigios me parecen sentencias, y las ofensas, desgracias. Las palabras me atraviesan como si fueran proverbios de sabios; los silencios me transforman en invisible, en inapreciable excesivo menguo.
Si camino es rapidísimo, y si no ni me muevo; o aniquilo los alimentos o íntegramente me abstengo; si hablo, parloteo; si enmudezco es para siempre; el agua, helada o candente, nunca tibia pues no la siento. Soy vital y soy suicida, o es blanco o es negro.
Combino mi dos extremos, resultando por efecto: el más apuesto y malcarado; de lo más capaz y más falto; extraquerido y megaodiado; bonísimo y malvado; lo más dulce y lo más amargo, según me vayan pasando.
Que se me acerquen por favor los templados, con su virtud a sacarme de quicio, porque ellos me amplifican y con los míos no siento (a mentira me suena su exagerada figura y no la profeso) . Ponderado me siento vivo, o viceversa, auguro que muero.
En este círculo sin centro- más que vicioso, perpetuo- constantemente regreso a mi nueva vida de excesos.