Mauricio Del Piano
Poeta recién llegado
Todo es evidente ya.
El ojo del huracán hizo lo suyo,
y la inquietante calma de su periplo
esparció sus odios y miserias
por los campos, y los cielos y las aguas.
Donde hubo agua: silencio hay.
Si hubo bríos; esos ríos quebradizos están
tal cual se quiebra el pecho tras
la desesperanza.
La pregunta imperecedera: ¿para qué?
es la que resuena, cabalgando en mis oídos...
¿Para qué?
¿Qué secreto me tienes guardado, esta vez?
¿Para qué? Si es dable interpelarte a ti,
Hombre de los hombres...
El ojo del huracán está quieto
como esas tardes a las cinco de la tarde
en que Lucifer se traga al sol
para quemar más y hender en la hondura,
el amor de los que se dicen enamorados.
¡Oh, huracán majestuoso!
¡Oh, rey de los que se dicen enamorados!
¡Vamos! ¡Transfórmate en tornado!
Y llévame alto; a lo alto, mientras
giro y giro, dando vueltas, mientras
giro, llévame muy alto para
dejarme
caer.
El ojo del huracán hizo lo suyo,
y la inquietante calma de su periplo
esparció sus odios y miserias
por los campos, y los cielos y las aguas.
Donde hubo agua: silencio hay.
Si hubo bríos; esos ríos quebradizos están
tal cual se quiebra el pecho tras
la desesperanza.
La pregunta imperecedera: ¿para qué?
es la que resuena, cabalgando en mis oídos...
¿Para qué?
¿Qué secreto me tienes guardado, esta vez?
¿Para qué? Si es dable interpelarte a ti,
Hombre de los hombres...
El ojo del huracán está quieto
como esas tardes a las cinco de la tarde
en que Lucifer se traga al sol
para quemar más y hender en la hondura,
el amor de los que se dicen enamorados.
¡Oh, huracán majestuoso!
¡Oh, rey de los que se dicen enamorados!
¡Vamos! ¡Transfórmate en tornado!
Y llévame alto; a lo alto, mientras
giro y giro, dando vueltas, mientras
giro, llévame muy alto para
dejarme
caer.
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