Imagina lo que otros piensan

Ricardo López Castro

*Deuteronómico*
La imaginación de Carlos era desbordante.
Hacía ya unos años que, tras la amarga experiencia con la poesía -la poesía no se ve, no se toca, pero se siente-, sus pensamientos se habían tornado del todo obsesivos -piensa, piensa, piensa...-.
Su versión más tranquila, ver las cosas desde la distancia.
Pero es que... la imaginación no entiende de eso... Pensaba.
Tras tres años persiguiendo el poema perfecto, que le hiciese retornar al mundo real, dio con la prosa.
Ya no le preocupaban tanto las mujeres, no al menos encontrar el amor de su vida -¿qué digo? ¡Si huía de los tópicos!-, ahora solo le preocupaban las avispas, las abejas, los abejorros y lo que la gente, alguna gente, un selecto grupo de gente, pensasen de él.
Pues bien, imaginen al pobre de Carlos en un picnic improvisado con ese selecto grupo de gente.
Válgame Dios.
Paralizado.
¿Para qué o quién puede servir la imaginación de Carlos?
Volvamos a la prosa.
Imaginen un estanque lleno de patos, pero sin patos.
¿Imposible?
No es esto una burla, ni una broma, ni mucho menos.
A Carlos la imaginación solo le sirve para prevenir.
Ayudemos a Carlos.
No es esto un club social.
¿No es esto un club social?
¿¿Es esto un club social??
¡Arggghhh!
Pero, ¿y si...?
Ah, sí, ahora estás en el papel, campeón.
¿Qué se siente al quedarse completamente desnudo?
Mañana vas y se lo cuentas a tu psicóloga.
Carlos, creo que lo tuyo no tiene solución...
Carlos... Carlos... ¡Carlos!
Y Carlos se fue a meditar.
Ese estado que tanto le gustaba alcanzar.
Tomar conciencia de las cosas que le rodean.
No nos vamos a poner a escribir aquí como dos chalados, ¿no?
Pues no.
Fin del cuento.
 

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