BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Demasiado calor en estas manos.
Alentando signos de opacidad trashumante,
pájaros desbordados de su infame soledad,
estridencias partidas que ejercen su innoble
presión sobre las yemas de los dedos. Un silencio
demasiado llano, un silencio excesivamente
claro. Demasiado calor para tan pocas manos.
El candelabro de siete ojos, escupe su odio
a razón de siete blasfemias por segundo; me impacta
en la carne en la piel, tanta débil amenaza.
Ni rastro de los ausentes, como si el mar
tuviera todavía náufragos demasiado espabilados.
Entre estas manos sitúo mi fin. Tengo
un cuerpo, y unas ganas infinitas de no
tenerlo. Ejerzo a voluntad la presión necesaria
sobre tan intensos instantes, donde ruedan
recicladas procesiones, orugas sentimentales
y pedazos de luz nocturna. Me como
la yugular de mi maestro, en ensaimadas
levemente mentales.
Demasiado calor para tan poco cañaveral.
Tirito de frío hasta la sapiencia de un rencor
que me aguarda por viejo.
©
Alentando signos de opacidad trashumante,
pájaros desbordados de su infame soledad,
estridencias partidas que ejercen su innoble
presión sobre las yemas de los dedos. Un silencio
demasiado llano, un silencio excesivamente
claro. Demasiado calor para tan pocas manos.
El candelabro de siete ojos, escupe su odio
a razón de siete blasfemias por segundo; me impacta
en la carne en la piel, tanta débil amenaza.
Ni rastro de los ausentes, como si el mar
tuviera todavía náufragos demasiado espabilados.
Entre estas manos sitúo mi fin. Tengo
un cuerpo, y unas ganas infinitas de no
tenerlo. Ejerzo a voluntad la presión necesaria
sobre tan intensos instantes, donde ruedan
recicladas procesiones, orugas sentimentales
y pedazos de luz nocturna. Me como
la yugular de mi maestro, en ensaimadas
levemente mentales.
Demasiado calor para tan poco cañaveral.
Tirito de frío hasta la sapiencia de un rencor
que me aguarda por viejo.
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