Martin Grauss
Poeta recién llegado
A veces me tiendo en el suelo frío,
rogando a todos los ángeles del cielo
me brinden su bálsamo, y me eleven a la lozanía.
Las paredes se resquebrajan en mi presencia.
Un hilo de sangre negra gotea incansablemente
sobre mi cabeza. La soledad ha arrastrado sus espinas
hasta mis entrañas, y ha decorado la muerte su
triste frialdad en mi sonrisa.
Cuando veo al exterior, las cortinas se cierran implacables.
Ya marcan de duelo su lento vaivén en mi habitación.
Mi corazón ha sido consumido por el miedo radical
que se derrama de mis ojos. Es entonces cuando veo
los espectros, que me acompañan sentados a mi
alrededor, contemplando como se consumen mis miembros
por el negro verdugo que vive en mi interior.
La hierba crece alta alrededor de mis piernas.
Me siento muerto; el hacha ha sido clavada en mi alma
y se ha desmigajado como sombras explosivas
en el aire. Y es aquello que respiro, la tibieza profunda
de mi debilidad. ¿Por qué he sido abandonado?
Quizá ya huelo a cadáver desde hace años, y he sido
tan estúpido que no me he dado cuenta.
Cuando trato de alcanzar un alma noble,
mis dedos se convierten en espinas,
y termino hiriendo cualquier rastro luminoso de esperanza.
Estoy muriendo, consumido por la enfermedad, sobre
mis pies silenciosos, y solo queda adentrar mi sentimiento
en la urna infinita de esta implacable oscuridad.
rogando a todos los ángeles del cielo
me brinden su bálsamo, y me eleven a la lozanía.
Las paredes se resquebrajan en mi presencia.
Un hilo de sangre negra gotea incansablemente
sobre mi cabeza. La soledad ha arrastrado sus espinas
hasta mis entrañas, y ha decorado la muerte su
triste frialdad en mi sonrisa.
Cuando veo al exterior, las cortinas se cierran implacables.
Ya marcan de duelo su lento vaivén en mi habitación.
Mi corazón ha sido consumido por el miedo radical
que se derrama de mis ojos. Es entonces cuando veo
los espectros, que me acompañan sentados a mi
alrededor, contemplando como se consumen mis miembros
por el negro verdugo que vive en mi interior.
La hierba crece alta alrededor de mis piernas.
Me siento muerto; el hacha ha sido clavada en mi alma
y se ha desmigajado como sombras explosivas
en el aire. Y es aquello que respiro, la tibieza profunda
de mi debilidad. ¿Por qué he sido abandonado?
Quizá ya huelo a cadáver desde hace años, y he sido
tan estúpido que no me he dado cuenta.
Cuando trato de alcanzar un alma noble,
mis dedos se convierten en espinas,
y termino hiriendo cualquier rastro luminoso de esperanza.
Estoy muriendo, consumido por la enfermedad, sobre
mis pies silenciosos, y solo queda adentrar mi sentimiento
en la urna infinita de esta implacable oscuridad.