Infidelidad
De un claro mirar terso,
eran sus ojos un sueño enervante,
la extinta especie errante,
fragorosa fusión de cuerpo y verso.
Iris de albas marinas,
de los votos de amor por los que rezas,
con vívidas promesas
de amaneceres y caricias finas.
Como podría yo, aun hoy,
escapar de esas pupilas silentes
si cuando miran sientes
como atrapan y embelesan lo que soy.
Y así fue, no me escapé...
a su mirar hermoso se fundió el mío
y la cortejé bravío
y tenaz y persistente la atrapé.
Y reviví en sus ojos...
y me perdí y pequé sin condiciones,
y sin mirar razones
me ahorqué en su visión puesto de hinojos.
Así entorne mi vista
y gocé su mirada inmerecida,
sin derecho a su vida
la poseí y le mentí como un artista.
No soy culpable Señor,
lo fue la piel que enmarca esos fulgores,
el párpado a colores
y su pestañear a ritmo ruiseñor.
No fui culpable, mi Dios
más me arrepiento, pues soy un pecador
y ahora sufro, mi Creador
el muy cruel castigo de un muy justo adiós.
Tu piedad que ahora imploro
es la de olvidarme de esa mirada
hiriente y tan airada...
como dulce era la que tanto añoro.
De un claro mirar terso,
eran sus ojos un sueño enervante,
la extinta especie errante,
fragorosa fusión de cuerpo y verso.
Iris de albas marinas,
de los votos de amor por los que rezas,
con vívidas promesas
de amaneceres y caricias finas.
Como podría yo, aun hoy,
escapar de esas pupilas silentes
si cuando miran sientes
como atrapan y embelesan lo que soy.
Y así fue, no me escapé...
a su mirar hermoso se fundió el mío
y la cortejé bravío
y tenaz y persistente la atrapé.
Y reviví en sus ojos...
y me perdí y pequé sin condiciones,
y sin mirar razones
me ahorqué en su visión puesto de hinojos.
Así entorne mi vista
y gocé su mirada inmerecida,
sin derecho a su vida
la poseí y le mentí como un artista.
No soy culpable Señor,
lo fue la piel que enmarca esos fulgores,
el párpado a colores
y su pestañear a ritmo ruiseñor.
No fui culpable, mi Dios
más me arrepiento, pues soy un pecador
y ahora sufro, mi Creador
el muy cruel castigo de un muy justo adiós.
Tu piedad que ahora imploro
es la de olvidarme de esa mirada
hiriente y tan airada...
como dulce era la que tanto añoro.