Fernando el Casir
Poeta recién llegado
Era la sombra, el alcohol y la pendencia.
Dante sin Virgilio. Beatriz alquilando amor en una esquina.
Las manos yertas, el rictus espástico del odio.
La serpiente lacerando mis entrañas.
La inutilidad de todo grito.
Era la ciudad y andaba muerto
Buscando la cicuta de a un gramo en madrugadas sin aurora.
Pantomima brutal de la cordura, abismada tumba de mi insomnio.
Víctima y victimario. Juez y verdugo de mí mismo.
Y entonces fuiste tú y fue contigo tu agonía.
La muerte reflejada en cada gesto, en cada voz escrita,
En la palidez del aire que rodea el esmalte furioso de tus manos,
En el cansancio que te transita el cuerpo con la fruición voraz del asesino.
Tus lágrimas resecas, tu fiebre, tu compulsión de darte sin destino.
Sin esperar a cambio de tu herida
Más que la paga vil, soez, de la estulticia
Ahogando cada llama en la sentencia inapelable del hastío
Cómo pudo nacer?,
Qué aberración genética del odio dio a luz este delirio?,
Estas ansias de amarte, esta suicida compulsión de vida.
Este temblor que no me deja nunca.
Bendecido gólgota de mis pecados,
Barrabás liberado por la gracia del imperceptible gesto de tu esencia
Por la inmaterial presencia de tus labios en la desgarrada ausencia de los míos.
De qué letal erotismo se alimenta esta sed
Este deseo aluvional de mis uñas de buscar tu carne
De extenuarme bebiendo de tu boca.
De buscar en el abrigo de tus pechos la paz de la simiente demorada.
Numerar cada poro de tu cuerpo virgen de mi cuerpo
Sufrir juntos suplicios exquisitos, suspender espacio y tiempo en el delirio.
Quemarnos juntos en la hoguera como heréticos adoradores
de una religión sin dioses, rezando en el críptico lenguaje del silencio.
Y al fin el sol golpeándonos el rostro
Y enlazados miembros doloridos buscando una vez más,
Como un adicto a la droga de tu sexo
La sobredosis final, el vacío total, el infinito.
Dante sin Virgilio. Beatriz alquilando amor en una esquina.
Las manos yertas, el rictus espástico del odio.
La serpiente lacerando mis entrañas.
La inutilidad de todo grito.
Era la ciudad y andaba muerto
Buscando la cicuta de a un gramo en madrugadas sin aurora.
Pantomima brutal de la cordura, abismada tumba de mi insomnio.
Víctima y victimario. Juez y verdugo de mí mismo.
Y entonces fuiste tú y fue contigo tu agonía.
La muerte reflejada en cada gesto, en cada voz escrita,
En la palidez del aire que rodea el esmalte furioso de tus manos,
En el cansancio que te transita el cuerpo con la fruición voraz del asesino.
Tus lágrimas resecas, tu fiebre, tu compulsión de darte sin destino.
Sin esperar a cambio de tu herida
Más que la paga vil, soez, de la estulticia
Ahogando cada llama en la sentencia inapelable del hastío
Cómo pudo nacer?,
Qué aberración genética del odio dio a luz este delirio?,
Estas ansias de amarte, esta suicida compulsión de vida.
Este temblor que no me deja nunca.
Bendecido gólgota de mis pecados,
Barrabás liberado por la gracia del imperceptible gesto de tu esencia
Por la inmaterial presencia de tus labios en la desgarrada ausencia de los míos.
De qué letal erotismo se alimenta esta sed
Este deseo aluvional de mis uñas de buscar tu carne
De extenuarme bebiendo de tu boca.
De buscar en el abrigo de tus pechos la paz de la simiente demorada.
Numerar cada poro de tu cuerpo virgen de mi cuerpo
Sufrir juntos suplicios exquisitos, suspender espacio y tiempo en el delirio.
Quemarnos juntos en la hoguera como heréticos adoradores
de una religión sin dioses, rezando en el críptico lenguaje del silencio.
Y al fin el sol golpeándonos el rostro
Y enlazados miembros doloridos buscando una vez más,
Como un adicto a la droga de tu sexo
La sobredosis final, el vacío total, el infinito.