(A la altura del tercer peldaño, la memoria es un paraguas que se abre al revés).
No es que falten palabras, es que sobran los huecos entre tus dedos y los míos. Un cronopio olvidó su reloj en el fondo de un vaso de ginebra y ahora el tiempo gotea, tic, tac, ploc, sobre la alfombra que nunca terminamos de comprar.
¿Viste? Verdaderamente viste cómo se deshace el aire cuando alguien dice «mañana» y no hay dónde apoyarlo.
Somos este mosaico de baldosas sueltas, una bandada de frases que no saben aterrizar, fragmentos de un modelo para armar que siempre, siempre, termina sobrando una pieza:
Esa pieza soy yo. O tal vez sea el gato que nos mira desde el otro lado del espejo.
No es que falten palabras, es que sobran los huecos entre tus dedos y los míos. Un cronopio olvidó su reloj en el fondo de un vaso de ginebra y ahora el tiempo gotea, tic, tac, ploc, sobre la alfombra que nunca terminamos de comprar.
¿Viste? Verdaderamente viste cómo se deshace el aire cuando alguien dice «mañana» y no hay dónde apoyarlo.
Somos este mosaico de baldosas sueltas, una bandada de frases que no saben aterrizar, fragmentos de un modelo para armar que siempre, siempre, termina sobrando una pieza:
Esa pieza soy yo. O tal vez sea el gato que nos mira desde el otro lado del espejo.