Rosario de Cuenca Esteban
Verso Suelto
Todas las mañanas la misma rutina, madrugar y prepararse para la jornada laboral que no era precisamente la elegida por su vocación, pero cuando el plato de lentejas escasea, cualquier trabajo, era su precio.
De cualquier manera desde hacia unas semanas un aliciente inesperado, marcaba su salida de casa y su regreso...
Bien es verdad que un escalofrío de inquietud la visitaba, pues el asunto era que apostado en la cera de enfrente, justo delante de su casa, lloviera ó no, se encontraba con la mirada de un hombre que la observaba y sin decir palabra, la acompañaba a distancia a su trabajo y al salir, allí estaba y hacía otro tanto...
El rostro de aquel hombre, era afable y su aspecto muy cuidado lo que la quitaba el miedo, pero un día y otro y otro, hizo que temiera cada mañana, el no verle.
No lo comentó con nadie, la parecía un algo intimo y secreto.
Una mañana, salió antes de lo habitual con el firme propósito de desayunar cerca del trabajo y esperar a ver que hacía el misterioso admirador y así lo hizo. Entró en el café y sentándose en una mesa discreta se dispuso a esperar acontecimientos. El hombre, se quedó en la barra observándola con disimulo, ella por más conjeturas, no entendía su proceder hasta que sacó de su bolso una cajetilla de tabaco e hizo como si buscara un mechero para encenderlo...
Hubo reacción, el hombre se acercó y la dio fuego sonriéndola y al dar ella las gracias... se despertó.
Ese día, maldijo al despertador...
Rosario.
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