Arkhazul
Poeta que considera el portal su segunda casa
De los creadores de lo que se ha dado llamar "posmodernidad". Crítico visionario más allá de lo moderno tanto en lo político como en lo cognitivo y estético. Amigo personal de Deleuze y del novelista y ensayista del noveau roman Michel Butor. "Freudmarxista" o "libidinal". Involucra cuatro libros en alud: Discurso, figura (1971), Deriva a partir de Marx y Freud (1973), Dispositivos pulsionales (1973) y Economía libidinal (1974) con los que se ubica junto con Klossowski entre los llamados "filósofos del deseo". De lenguaje delirante a la manera de como apertura Jean Baudrillard su libro La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos (1990)... "Ya que el mundo adopta un curso delirante, debemos adoptar sobre él un punto de vista delirante"
Abra el presunto cuerpo y exponga todas sus superficies: la piel con cada
uno de sus pliegues, arrugas, cicatrices, con sus grandes planos aterciopelados
y, junto a ella, el cuero y su vellón de cabellos, el abrigo suave
del pubis, los pezones, las uñas, los cascos transparentes del talón, la leve
ropavejería poblada de pestañas de los párpados; pero no solamente
eso: abra y extienda, explicite los labios mayores, los pequeños labios con
su red azul, bañados de mucosidad; dilate el diafragma del esfínter anal,
corte longitudinalmente y aplane el negro conducto del recto, luego del
colon, luego del ciego; a partir de ese momento la banda será una superficie
completamente estriada y contaminada de mierda; como si con sus
tijeras de modista abriera las piernas de un pantalón, ándele, ponga en
descubierto el presunto interior del intestino delgado, el yeyuno, el íleon,
el duodeno o bien, en la otra punta, suelte la boca de las comisuras o
arranque la lengua hasta su raíz distante y pártala, extienda las alas de
murciélagos del paladar y de sus húmedos subsuelos; abra la tráquea y
conviértala en el armazón de un casco en construcción; provisto de bisturíes
y de las pinzas más agudas, desmantele y deposite los haces y los
cuerpos del encéfalo; luego extienda toda la red sanguínea intacta sobre
un inmenso jergón, y la red linfática, y las delicadas piezas óseas de la
muñeca y del tobillo; desm6ntelas y colóquelas de punta a punta con todas
las capas del tejido nervioso que recubre el humor ácueo y con el
cuerpo cavernoso de la verga, y extraiga los músculos mayores, los grandes
filetes dorsales, extiéndalos como lisos delfines durmientes. Haga el
mismo trabajo que hace el sol, o la hierba, sobre su cuerpo cuando usted
se asolea.
Pero no se crea que allí termina todo: habría que conectar a esos
labios una segunda boca, una tercera, una gran cantidad de bocas, una
boca, y también vulvas, pezones. Y contiguas a la piel del extremo de los
dedos, rascada por las uñas, sería necesario quizás unas grandes playas
de piel sedosa, extraídas de la cara interna de muslos o de la base de
nucas, o unas cuerdas de guitarra. Y contra la palma de la mano, llena
de nervaduras y de pliegues como una hoja marchita, tal vez haya que
depositar arcilla, o bien báculos de madera dura con incrustaciones de
plata, o un volante de automóvil, o la escota de una mesana. No se olvide
de agregar a la lengua y a las partes del aparato fonador, todos los
sonidos de que disponen y, además, toda esa red selectiva de sonidos
que constituye un sistema fonológico puesto que ella también pertenece
al "cuerpo" libidinal, así como los colores que tendrá que añadir a las retinas,
ciertas texturas a las epidermis y ciertos olores que habrá elegido
a las paredes nasales, palabras y sintaxis preferidas a las bocas que las
dicen y a las manos que las escriben. Y no es suficiente decir, como
Bellmer, que el pliegue de la axila de la niña apoyada distraídamente, el
codo sobre la mesa y el mentón en la palma de su mano, podía ser equivalente
al pliegue de la ingle o incluso a la comisura de los labios del sexo.
No nos apresuremos a plantear la cuestión de ser equivalente a, y
menos aún a resolverla. No es una parte del cuerpo ¿de cuál cuerpo?:
cuerpo orgánico, organizado para su propia supervivencia ante lo que a
muerte lo conmueve, asegurado contra la conmoción y la emoción; no
una parte que sustituya a otra como en el caso de la niña (la morbidez
del brazo a la del muslo y un pliegue sutil a una hendidura más intravagante),
no es ese desplazamiento de partes, reconocibles en la economía
política del cuerpo orgánico (él mismo en principio provisto de partes
diferenciadas y apropiadas que no podrían ir sin él) lo que hay que
comenzar por tomar en consideración. Un desplazamiento semejante,
cuya función es de representación, vicaria, supone una unidad corporal
sobre la cual se inscribe como transgresión. No hay que comenzar por la
transgresión, hay que ir de inmediato hasta el límite de la crueldad, hacer
la anatomía de la perversión polimorfa, desplegar la inmensa membrana
del "cuerpo" libidinal, que es todo lo contrario de un armazón.
Ella está hecha de las texturas más heterogéneas: huesos, epitelios, hojas
en blanco, tonadas que hacen vibrar, aceros, cristalerías, pueblos,
hierbas, telas para pintar. Todas esas zonas se empalman en una banda
sin dorso, banda de Moebius, que no interesa porque esté cerrada, sino
por tener una sola cara, piel moebiana que no fuera lisa sino (¿acaso sería
esto posible topológicamente?), por el contrario, que estuviera cubierta
de asperezas, recovecos, repliegues, cavernas que lo 'serán en la
"primera" vuelta, pero que en la "segunda" serán quizá protuberancias.
Pero nadie sabe ni sabrá en cuál "vuelta" estamos: en la vuelta eterna.
La banda interminable de variada geometría (puesto que nada obliga a
que una excavación siga siendo concavidad más allá de haber sido forzosamente
convexidad en la "segunda" vuelta, si ésta al menos persiste)
no tiene dos caras sino una sola y, en consecuencia, carece de exterior e
interior.
No se trata, por lo tanto y sin duda, de teatro libidinal: no hay espesor,
las intensidades corren por doquier, posándose, escapándose, sin
que nunca puedan ser apresadas en un volumen sala/escena. La teatralidad-
representación, lejos de que pueda tomársela como un dato libidinal
a fortiori metafísico, resulta de cierto trabajo sobre la banda laberíntica
y moebiana, trabajo que imprime estos pliegues y repliegues especiales
cuyo efecto es una caja que, cerrada sobre sí misma, filtra los impulsos y
admite que aparezca en escena sólo aquello que, proveniente de lo que
de ahora en adelante se llamará el exterior, satisfaga las condiciones de
la interioridad. La cámara representativa es un dispositivo energético.
Describirlo y seguir su funcionamiento es la tarea. Ninguna necesidad
de criticar la metafísica (o la economía política, que viene a ser lo mismo);
puesto que la crítica supone y recrea sin cesar esta teatralidad misma,
más vale estar dentro de ella y olvidarla: es la posición de la pulsión
de muerte, y mejor describir eso, sus pliegues y adherencias, sus trasmisiones
energéticas que determinan sobre la superficie única y heterogénea
el cubo teatral con sus seis caras homogéneas. Ir de la pulsión a la
representación, pero sin permitirse, para describir esta implantación, esta
sedentarización de los influjos, sin permitirse la sospechosa facilidad
del concepto de falta, la facilidad del cuento de una Alteridad vacía, de
un Cero en cuyo silencio viene a chocar y a romperse la demanda (demanda,
¿palabra, ya, por lo tanto?, ¿palabra ya dirigida y hacia algo?, sí,
a ese Otro y por algo, ¿acaso él también ya sabe hablar?, sí, aunque sea
mediante gestos, llantos, furias, torpores de lactante atragantado, interjecciones,
que le dicen), aun cuando con ese cuento de la demanda y del
silencio del Cero no quedaría otra cosa que inaugurar y echar a andar el
teatro y el poder, el teatro de poder en el que habrán de representarse
las satisfacciones del deseo nacido de la misma presunta falta. Muy por
el contrario, y lo veremos más adelante, hay que describir la cuestión del
cubo a partir de la banda del cuerpo libidinal abierto y extendido en su
única cara sin reverso, cara que nada oculta.
Más aún, no hay que confundir tampoco la clausura de la representación,
ese hallazgo sarcástico, ese falso desengaño de los pensadores
que nos dicen: lo que está en el exterior en realidad es el interior, no hay
exterioridad, la exterioridad del teatro es también su interioridad; ni
mezclar esta triste noticia, este kagangile que no es sino el converso del
evangelio, este miserable anuncio de que los cargadores de artefactos
que recorren su pequeño muro detrás de las espaldas de esclavos sentados
y maniatados al fondo de su caverna en realidad no existen o, lo que
es lo mismo: que ellos mismos son sombras en la caverna del mundo soleado,
reduplicación de tristeza; que no se confunda, entonces, este mensaje
despechado y esta representación de un teatro totalmente clausurado
con nuestra película moebiana-Iaberíntica, patchwork de una sola cara
de todos los órganos (inorgánicos e inorganizados) que la libido puede
atravesar: por más que esté cerrada sobre sí misma, ella también, como
una buena banda de Moebius, de ningún modo lo está en el sentido de
un volumen; por oposición al cubo representativo es infinita; las intensidades
corren en ella sin encontrar término, sin chocar jamás con el muro
de una ausencia, con un límite que sería la marca de una falta; no, a la
libido verdaderamente no le falta nada, y menos aún regiones a ocupar;
e1 dedo fino y muy moreno de la mano izquierda que en una conversación
pasa la joven sobre su ceja -inquieta por lo que supone es el saber del
otro-, mientras que con la derecha sostiene un cigarro: ésa es una verdadera
región a ocupar, se puede perder la vida en ello, uno puede entregar
toda su organicidad, su cuerpo en orden, su alineamiento funcional
de órganos, su estatuto socio-profesional, su presunto pasado y su presunto
futuro por eso, su memento y su teatro íntimo: uno puede llegar a
querer pagar muy caro, fuera de precio, ese dedo que es como una gubia
y todo el espacio orbital craneano, vaginal, que engendra alrededor del
ojo. ¡Y no es porque esté prohibido que se lo ocupa, ni porque sea representado
fuera de escena o porque no se tenga derecho a ponerlo en escena
que uno desea montarlo y apropiarse de él! A la libido no le faltan regiones
a ocupar y no ocupa bajo la condición de la falta y de la apropiación.
Ocupa sin condición. Condición es regla y saber. Pero el toque de
emoción en la mano que alisa la ceja, ¿importa que obedezca a reglas, a
leyes de la emoción y otras necedades?, ¿importa que se conozca lo que la
motiva, la timidez de esa mujer ante su presunto personaje (evidentemente
paternal)?, ¿qué importa todo eso, ese fárrago de palabras que
van a dar cuenta y a rendir cuentas? Son esas palabras las que ponen en
representación ese gesto y lo producen en la exterioridad interior de todo
discurso, y la ley que van a inventar para explicar la exterioridad y el espectáculo
es su ley propia como saber.
Muy lejos de tomar el gran Cero como el ontológico motivo, impuesto
al deseo, de diferir todo siempre, de re-presentar y simular en una
prórroga sin fin, nosotros, economistas libidinales, afirmamos que ese cero
es en sí mismo una figura, la pieza de un dispositivo potente, sanguinario
como el Dios de los Judíos y pálido como el Vacío de Lao-Tsé; dispositivo
de la circunversión en el cual, ciertamente, varias posiciones libidinales
son afirmadas en conjunto, y al cual nos complacerá desenmarañar
y desmontar con tacto, despejar sin violencia, en japonés, como se separan
las varillas entremezcladas en el juego de los palillos; y vamos a
mostrar que no solamente es necesario pasar por él para seguir el recorrido
de las intensidades en el laberinto, sino que, incluso, el paso por el
cero es propiamente un recorrido libidinal de carácter especial, que la
posición del Significante o del Otro ocupa en el dispositivo de la circun-
versión una posición en sí misma de goce, que el "rigor de la ley" excita a
más de uno, y que esa Nada no remite a una necesidad ontológica, sino a
una fantasía religiosa, libidinal por lo tanto y, como tal, perfectamente
aceptable, vale la pena decirlo, si no fuera, por desgracia, terrorista y deóntica.
Necesitamos modelar una idea afirmativa del Cero.
Recomenzamos, en consecuencia, la crítica de la religión, recomenzamos,
en consecuencia, la destrucción de la piedad; buscamos incluso el
ateísmo: muy inteligentes, hemos comprendido que la reintroducción del
Cero, es decir de lo negativo, en la economía del deseo, es simplemente la
reintroducción de la contabilidad en las materias libidinales, es la economía
política, es decir el capital, llevada hasta la esfera de las pasiones, y
con esta economía del capital, hemos comprendido necesariamente otra
vez más que la piedad es lo que prosigue, el dispositivo pulsional y pasional
de la religiosidad, en la medida en que ésta es identificada como la
fuerza de la falta, la religiosidad capitalista, que es la de la moneda que
se engendra a sí misma, causa sui. Y, en consecuencia, "hacemos política",
deseamos que la fuerza de la falta periclite, degenere; amamos y
queremos todo lo que afirma que ese cero no solamente no se engendra a
sí mismo, ni tampoco es engendrado por otra fuerza (la fuerza de trabajo,
supone Marx, pero justamente y una vez más, en tanto faltante, borrada
en superficie de la escena social), sino que las cuestiones de engendramiento
tienen trampas, conllevan el saber y sus "respuestas" (las cuales
se le ríen a usted en la cara); no, no subordinamos nuestra política antirreligiosa,
es decir anticapitalista, al saber de lo que es de verdad el origen
del sentido, es decir de la plusvalía, menos aún la subordinamos al
saber de lo que verdaderamente no tiene origen y de lo que carece no en
tanto de esto o de aquello, sino en tanto origen; queremos y hacemos una
política desmembrada, no contable, impía para con las políticas y, en ese
sentido, la crítica de la religión que recomenzamos no es ya una crítica,
no está ya en la esfera (es decir el volumen teátrico, adviértase) de lo que
critica, puesto que la crítica descansa a su vez en la fuerza de la falta, y
puesto que la crítica es la religión todavía.
LA GRAN PELÍCULA EFÍMERA
ABERTURA A LA SUPERFICIE LIBIDINAL
Abra el presunto cuerpo y exponga todas sus superficies: la piel con cada
uno de sus pliegues, arrugas, cicatrices, con sus grandes planos aterciopelados
y, junto a ella, el cuero y su vellón de cabellos, el abrigo suave
del pubis, los pezones, las uñas, los cascos transparentes del talón, la leve
ropavejería poblada de pestañas de los párpados; pero no solamente
eso: abra y extienda, explicite los labios mayores, los pequeños labios con
su red azul, bañados de mucosidad; dilate el diafragma del esfínter anal,
corte longitudinalmente y aplane el negro conducto del recto, luego del
colon, luego del ciego; a partir de ese momento la banda será una superficie
completamente estriada y contaminada de mierda; como si con sus
tijeras de modista abriera las piernas de un pantalón, ándele, ponga en
descubierto el presunto interior del intestino delgado, el yeyuno, el íleon,
el duodeno o bien, en la otra punta, suelte la boca de las comisuras o
arranque la lengua hasta su raíz distante y pártala, extienda las alas de
murciélagos del paladar y de sus húmedos subsuelos; abra la tráquea y
conviértala en el armazón de un casco en construcción; provisto de bisturíes
y de las pinzas más agudas, desmantele y deposite los haces y los
cuerpos del encéfalo; luego extienda toda la red sanguínea intacta sobre
un inmenso jergón, y la red linfática, y las delicadas piezas óseas de la
muñeca y del tobillo; desm6ntelas y colóquelas de punta a punta con todas
las capas del tejido nervioso que recubre el humor ácueo y con el
cuerpo cavernoso de la verga, y extraiga los músculos mayores, los grandes
filetes dorsales, extiéndalos como lisos delfines durmientes. Haga el
mismo trabajo que hace el sol, o la hierba, sobre su cuerpo cuando usted
se asolea.
Pero no se crea que allí termina todo: habría que conectar a esos
labios una segunda boca, una tercera, una gran cantidad de bocas, una
boca, y también vulvas, pezones. Y contiguas a la piel del extremo de los
dedos, rascada por las uñas, sería necesario quizás unas grandes playas
de piel sedosa, extraídas de la cara interna de muslos o de la base de
nucas, o unas cuerdas de guitarra. Y contra la palma de la mano, llena
de nervaduras y de pliegues como una hoja marchita, tal vez haya que
depositar arcilla, o bien báculos de madera dura con incrustaciones de
plata, o un volante de automóvil, o la escota de una mesana. No se olvide
de agregar a la lengua y a las partes del aparato fonador, todos los
sonidos de que disponen y, además, toda esa red selectiva de sonidos
que constituye un sistema fonológico puesto que ella también pertenece
al "cuerpo" libidinal, así como los colores que tendrá que añadir a las retinas,
ciertas texturas a las epidermis y ciertos olores que habrá elegido
a las paredes nasales, palabras y sintaxis preferidas a las bocas que las
dicen y a las manos que las escriben. Y no es suficiente decir, como
Bellmer, que el pliegue de la axila de la niña apoyada distraídamente, el
codo sobre la mesa y el mentón en la palma de su mano, podía ser equivalente
al pliegue de la ingle o incluso a la comisura de los labios del sexo.
No nos apresuremos a plantear la cuestión de ser equivalente a, y
menos aún a resolverla. No es una parte del cuerpo ¿de cuál cuerpo?:
cuerpo orgánico, organizado para su propia supervivencia ante lo que a
muerte lo conmueve, asegurado contra la conmoción y la emoción; no
una parte que sustituya a otra como en el caso de la niña (la morbidez
del brazo a la del muslo y un pliegue sutil a una hendidura más intravagante),
no es ese desplazamiento de partes, reconocibles en la economía
política del cuerpo orgánico (él mismo en principio provisto de partes
diferenciadas y apropiadas que no podrían ir sin él) lo que hay que
comenzar por tomar en consideración. Un desplazamiento semejante,
cuya función es de representación, vicaria, supone una unidad corporal
sobre la cual se inscribe como transgresión. No hay que comenzar por la
transgresión, hay que ir de inmediato hasta el límite de la crueldad, hacer
la anatomía de la perversión polimorfa, desplegar la inmensa membrana
del "cuerpo" libidinal, que es todo lo contrario de un armazón.
Ella está hecha de las texturas más heterogéneas: huesos, epitelios, hojas
en blanco, tonadas que hacen vibrar, aceros, cristalerías, pueblos,
hierbas, telas para pintar. Todas esas zonas se empalman en una banda
sin dorso, banda de Moebius, que no interesa porque esté cerrada, sino
por tener una sola cara, piel moebiana que no fuera lisa sino (¿acaso sería
esto posible topológicamente?), por el contrario, que estuviera cubierta
de asperezas, recovecos, repliegues, cavernas que lo 'serán en la
"primera" vuelta, pero que en la "segunda" serán quizá protuberancias.
Pero nadie sabe ni sabrá en cuál "vuelta" estamos: en la vuelta eterna.
La banda interminable de variada geometría (puesto que nada obliga a
que una excavación siga siendo concavidad más allá de haber sido forzosamente
convexidad en la "segunda" vuelta, si ésta al menos persiste)
no tiene dos caras sino una sola y, en consecuencia, carece de exterior e
interior.
No se trata, por lo tanto y sin duda, de teatro libidinal: no hay espesor,
las intensidades corren por doquier, posándose, escapándose, sin
que nunca puedan ser apresadas en un volumen sala/escena. La teatralidad-
representación, lejos de que pueda tomársela como un dato libidinal
a fortiori metafísico, resulta de cierto trabajo sobre la banda laberíntica
y moebiana, trabajo que imprime estos pliegues y repliegues especiales
cuyo efecto es una caja que, cerrada sobre sí misma, filtra los impulsos y
admite que aparezca en escena sólo aquello que, proveniente de lo que
de ahora en adelante se llamará el exterior, satisfaga las condiciones de
la interioridad. La cámara representativa es un dispositivo energético.
Describirlo y seguir su funcionamiento es la tarea. Ninguna necesidad
de criticar la metafísica (o la economía política, que viene a ser lo mismo);
puesto que la crítica supone y recrea sin cesar esta teatralidad misma,
más vale estar dentro de ella y olvidarla: es la posición de la pulsión
de muerte, y mejor describir eso, sus pliegues y adherencias, sus trasmisiones
energéticas que determinan sobre la superficie única y heterogénea
el cubo teatral con sus seis caras homogéneas. Ir de la pulsión a la
representación, pero sin permitirse, para describir esta implantación, esta
sedentarización de los influjos, sin permitirse la sospechosa facilidad
del concepto de falta, la facilidad del cuento de una Alteridad vacía, de
un Cero en cuyo silencio viene a chocar y a romperse la demanda (demanda,
¿palabra, ya, por lo tanto?, ¿palabra ya dirigida y hacia algo?, sí,
a ese Otro y por algo, ¿acaso él también ya sabe hablar?, sí, aunque sea
mediante gestos, llantos, furias, torpores de lactante atragantado, interjecciones,
que le dicen), aun cuando con ese cuento de la demanda y del
silencio del Cero no quedaría otra cosa que inaugurar y echar a andar el
teatro y el poder, el teatro de poder en el que habrán de representarse
las satisfacciones del deseo nacido de la misma presunta falta. Muy por
el contrario, y lo veremos más adelante, hay que describir la cuestión del
cubo a partir de la banda del cuerpo libidinal abierto y extendido en su
única cara sin reverso, cara que nada oculta.
Más aún, no hay que confundir tampoco la clausura de la representación,
ese hallazgo sarcástico, ese falso desengaño de los pensadores
que nos dicen: lo que está en el exterior en realidad es el interior, no hay
exterioridad, la exterioridad del teatro es también su interioridad; ni
mezclar esta triste noticia, este kagangile que no es sino el converso del
evangelio, este miserable anuncio de que los cargadores de artefactos
que recorren su pequeño muro detrás de las espaldas de esclavos sentados
y maniatados al fondo de su caverna en realidad no existen o, lo que
es lo mismo: que ellos mismos son sombras en la caverna del mundo soleado,
reduplicación de tristeza; que no se confunda, entonces, este mensaje
despechado y esta representación de un teatro totalmente clausurado
con nuestra película moebiana-Iaberíntica, patchwork de una sola cara
de todos los órganos (inorgánicos e inorganizados) que la libido puede
atravesar: por más que esté cerrada sobre sí misma, ella también, como
una buena banda de Moebius, de ningún modo lo está en el sentido de
un volumen; por oposición al cubo representativo es infinita; las intensidades
corren en ella sin encontrar término, sin chocar jamás con el muro
de una ausencia, con un límite que sería la marca de una falta; no, a la
libido verdaderamente no le falta nada, y menos aún regiones a ocupar;
e1 dedo fino y muy moreno de la mano izquierda que en una conversación
pasa la joven sobre su ceja -inquieta por lo que supone es el saber del
otro-, mientras que con la derecha sostiene un cigarro: ésa es una verdadera
región a ocupar, se puede perder la vida en ello, uno puede entregar
toda su organicidad, su cuerpo en orden, su alineamiento funcional
de órganos, su estatuto socio-profesional, su presunto pasado y su presunto
futuro por eso, su memento y su teatro íntimo: uno puede llegar a
querer pagar muy caro, fuera de precio, ese dedo que es como una gubia
y todo el espacio orbital craneano, vaginal, que engendra alrededor del
ojo. ¡Y no es porque esté prohibido que se lo ocupa, ni porque sea representado
fuera de escena o porque no se tenga derecho a ponerlo en escena
que uno desea montarlo y apropiarse de él! A la libido no le faltan regiones
a ocupar y no ocupa bajo la condición de la falta y de la apropiación.
Ocupa sin condición. Condición es regla y saber. Pero el toque de
emoción en la mano que alisa la ceja, ¿importa que obedezca a reglas, a
leyes de la emoción y otras necedades?, ¿importa que se conozca lo que la
motiva, la timidez de esa mujer ante su presunto personaje (evidentemente
paternal)?, ¿qué importa todo eso, ese fárrago de palabras que
van a dar cuenta y a rendir cuentas? Son esas palabras las que ponen en
representación ese gesto y lo producen en la exterioridad interior de todo
discurso, y la ley que van a inventar para explicar la exterioridad y el espectáculo
es su ley propia como saber.
Muy lejos de tomar el gran Cero como el ontológico motivo, impuesto
al deseo, de diferir todo siempre, de re-presentar y simular en una
prórroga sin fin, nosotros, economistas libidinales, afirmamos que ese cero
es en sí mismo una figura, la pieza de un dispositivo potente, sanguinario
como el Dios de los Judíos y pálido como el Vacío de Lao-Tsé; dispositivo
de la circunversión en el cual, ciertamente, varias posiciones libidinales
son afirmadas en conjunto, y al cual nos complacerá desenmarañar
y desmontar con tacto, despejar sin violencia, en japonés, como se separan
las varillas entremezcladas en el juego de los palillos; y vamos a
mostrar que no solamente es necesario pasar por él para seguir el recorrido
de las intensidades en el laberinto, sino que, incluso, el paso por el
cero es propiamente un recorrido libidinal de carácter especial, que la
posición del Significante o del Otro ocupa en el dispositivo de la circun-
versión una posición en sí misma de goce, que el "rigor de la ley" excita a
más de uno, y que esa Nada no remite a una necesidad ontológica, sino a
una fantasía religiosa, libidinal por lo tanto y, como tal, perfectamente
aceptable, vale la pena decirlo, si no fuera, por desgracia, terrorista y deóntica.
Necesitamos modelar una idea afirmativa del Cero.
Recomenzamos, en consecuencia, la crítica de la religión, recomenzamos,
en consecuencia, la destrucción de la piedad; buscamos incluso el
ateísmo: muy inteligentes, hemos comprendido que la reintroducción del
Cero, es decir de lo negativo, en la economía del deseo, es simplemente la
reintroducción de la contabilidad en las materias libidinales, es la economía
política, es decir el capital, llevada hasta la esfera de las pasiones, y
con esta economía del capital, hemos comprendido necesariamente otra
vez más que la piedad es lo que prosigue, el dispositivo pulsional y pasional
de la religiosidad, en la medida en que ésta es identificada como la
fuerza de la falta, la religiosidad capitalista, que es la de la moneda que
se engendra a sí misma, causa sui. Y, en consecuencia, "hacemos política",
deseamos que la fuerza de la falta periclite, degenere; amamos y
queremos todo lo que afirma que ese cero no solamente no se engendra a
sí mismo, ni tampoco es engendrado por otra fuerza (la fuerza de trabajo,
supone Marx, pero justamente y una vez más, en tanto faltante, borrada
en superficie de la escena social), sino que las cuestiones de engendramiento
tienen trampas, conllevan el saber y sus "respuestas" (las cuales
se le ríen a usted en la cara); no, no subordinamos nuestra política antirreligiosa,
es decir anticapitalista, al saber de lo que es de verdad el origen
del sentido, es decir de la plusvalía, menos aún la subordinamos al
saber de lo que verdaderamente no tiene origen y de lo que carece no en
tanto de esto o de aquello, sino en tanto origen; queremos y hacemos una
política desmembrada, no contable, impía para con las políticas y, en ese
sentido, la crítica de la religión que recomenzamos no es ya una crítica,
no está ya en la esfera (es decir el volumen teátrico, adviértase) de lo que
critica, puesto que la crítica descansa a su vez en la fuerza de la falta, y
puesto que la crítica es la religión todavía.