Mauro Alexis
Poeta recién llegado
Equilibrio
Cuando Annette salga completa del edificio, su sensual anatomía absorberá todas las miradas. Sus rizos áureos, meneándose al viento, su mirada de fuego ardiente, sus iris de frescas hierbas, sus labios, sin más artificio que una gesticulación lasciva, la sinuosa oscilación de sus brazos, sus senos, explotando en lujuria y la danza que bailarán sus caderas al compás del caminar, controlarán el movimiento de los ojos de todo hombre, deteniendo el tiempo en un instante, para la contemplación de su cuerpo.
Oportunidad
Se contempla en el indolente cristal, que viene castigándolo a una insufrible disconformidad física. Ha llorado tanto… que cree tener ahora el alma seca. Sabe que son inoportunas las dudas y las lágrimas. Cuidadosamente quita la humedad de sus mejillas. ¡Vehemente desea cambiar! Pero aún siente temor, el gran inhibidor de las decisiones más importantes. Entre tantos motivos que busca para recuperar valor, encuentra un recuerdo que logra abismar al miedo. Rememora mientras mira el espejo y dice finalmente: «Adiós Joaquín.»
Anhelo
El niño jugaba en su patio peinando una muñeca blonda, con anhelo de su belleza y equilibrio. Sus padres se habían ausentado un rato; ahora tendría oportunidad de visitar su habitación para poder divertirse. Curiosamente tenía predilección por el tipo de ropa que su madre vestía; adoraba sentirse envuelto en enaguas y ver en el espejo cómo lucía. Cuando corrió al cuarto de aquellos, dejó caer la muñeca al suelo y se desveló, en la espalda de esta, el nombre que Joaquín había escrito: Annette.