Anne_
I killed Bukowski.
Ser padres no es remedio contra la estupidez.
Ahora ya se me están aflojando los músculos,
había estado muy tensa y acabo de tener un dejavu,
muy pocas veces escribo directo al papel, o al Word,
en fin. Pensaba en la resurrección,
en realidad no, sólo que si antes
hubiese muerto en este lugar,
jamás hubiese resucitado,
y es que aquí los vivos envidian la muerte.
Quería escribir sobre esto y lo otro,
y tal vez lo haga, no será hoy,
hoy voy a escribir sobre algo desconocido,
que muchos dirán que son sentidos versos y toda esa mierda,
y yo responderé, “si claro, porque no”,
pero que nadie entenderá,
Empezaré hablando de las gotas de pelo
que suelen caerse cuando el despojo furtivo
invade la temblorosa aparición de los dientes mugrientos,
ese aroma a metal descalcificado,
a gatoxidos andantes con la boca cosida,
se va desenvolviendo la pureza,
y entonces las garras se añoran,
se precipitan a morderse la inexorable inercia
de atarse los cabellos de las zapatillas de cartón
a la mitad de la revolucionaria. Rojo pinpon,
rojo cabezón, rojo violento lacerando las almohadillas de los piojos,
y la abeja tensa calibrando el camino
del único líquido que nos mantiene vivos.
Ya luego todo lo demás es volverse un feto
dormitando en sofás mohosos llenos de excremento,
y aferrarse a los hombros,
colocar lamentos para no voltearse,
y caer, caer alada, desnuda y mordisqueando grifos de aceituna.
Los enfermos escuchan cualquier cosa,
porque cualquier cosa es mejor que su enfermedad,
y eso es triste, porque es todo lo que hay,
y quizá eso sea la vida, nada alegre, nada triste,
sólo lo que hay.
O quizá sólo es comenzar hablando de la muerte,
y terminar hablando del Finder de la Mac.
Ahora ya se me están aflojando los músculos,
había estado muy tensa y acabo de tener un dejavu,
muy pocas veces escribo directo al papel, o al Word,
en fin. Pensaba en la resurrección,
en realidad no, sólo que si antes
hubiese muerto en este lugar,
jamás hubiese resucitado,
y es que aquí los vivos envidian la muerte.
Quería escribir sobre esto y lo otro,
y tal vez lo haga, no será hoy,
hoy voy a escribir sobre algo desconocido,
que muchos dirán que son sentidos versos y toda esa mierda,
y yo responderé, “si claro, porque no”,
pero que nadie entenderá,
Empezaré hablando de las gotas de pelo
que suelen caerse cuando el despojo furtivo
invade la temblorosa aparición de los dientes mugrientos,
ese aroma a metal descalcificado,
a gatoxidos andantes con la boca cosida,
se va desenvolviendo la pureza,
y entonces las garras se añoran,
se precipitan a morderse la inexorable inercia
de atarse los cabellos de las zapatillas de cartón
a la mitad de la revolucionaria. Rojo pinpon,
rojo cabezón, rojo violento lacerando las almohadillas de los piojos,
y la abeja tensa calibrando el camino
del único líquido que nos mantiene vivos.
Ya luego todo lo demás es volverse un feto
dormitando en sofás mohosos llenos de excremento,
y aferrarse a los hombros,
colocar lamentos para no voltearse,
y caer, caer alada, desnuda y mordisqueando grifos de aceituna.
Los enfermos escuchan cualquier cosa,
porque cualquier cosa es mejor que su enfermedad,
y eso es triste, porque es todo lo que hay,
y quizá eso sea la vida, nada alegre, nada triste,
sólo lo que hay.
O quizá sólo es comenzar hablando de la muerte,
y terminar hablando del Finder de la Mac.