Vesper
Poeta asiduo al portal
La alegría de la soledad
Quieto, sin mover un músculo,
nada se proponía hacer,
nada le importaba, nada...
ni siquiera lloraba,
pues estaba en ese instante
en que ya ni lágrimas quedan.
Miraba fijo y sin parpadear,
las letras de aquella cruz,
en tierra de nadie clavada,
en un manto de oscuridad.
Quedarse allí para siempre,
ese era su único pensamiento,
pero de lejos un murmullo
le llegaba débilmente.
Nada le importaba, nada...
El lejano murmullo crecía,
y ahora era una dulce melodía,
aunque evitaba escuchar,
y muy fijo seguía...
Nada le importaba, nada...
Una orquesta ya tocaba,
luces, voces, detrás de él,
manos lo tocaban,
manos lo arrastraban...
Sin ofrecer resistencia,
se dejo llevar dócilmente,
su mirada al cielo estaba ahora.
Se fijó en una estrella,
y como un primer deseo,
quiso ir hasta ella...
Las manos lo levantaron,
se elevó
y el cementerio
abandonó.
Extraña felicidad lo embargó,
de su muerte se olvidó...
voló, gritó y rió...
Y su nuevo mundo,
con ganas, al fin, recorrió.
:: me ha encantado tu poema!! mas que poesia es musica con hermoso y ceremonial ritmo! encantadoras letras! un gustazo leerle!!