F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
Yo te aseguro, mujer
que en la bolsa de mi vida
he almacenado tu amor,
y la tengo… ¡que rechina!
de felicidad serena
y de sueños y de risas.
Yo te entregué cuanto tengo
sin guardarme.. ¡ni una pizca!
No sé si en tu bolsa tienes
algo menos que en la mía.
Si un día tú me faltases,
porque te vayas de prisa,
y sin que pudieras darme
ni una simple despedida
(sólo Dios sabe el momento
de tan importante cita)
echaré mano a la bolsa
donde guardo tus caricias,
donde guardo los recuerdos
con tus frases… más queridas
y disfrutaré, ¡seguro!
recordando tus sonrisas.
Y la duda que yo tengo
es si tú tienes la misma
bolsa, tan llena de aromas
y de amor, como la mía.
Recuerda que lo que guardes
lo podrás gastar un día,
cuando tú lo necesites
porque se gaste tu vida.
Y ese día es, sin duda,
cuando te creas perdida,
porque te encuentres ya sola
y nadie te contradiga;
cuando el silencio te agobie
y tengas las manos frías
y yo no les dé calor;
y que, al pasar por encima
de la almohada, tu mano,
estando medio dormida
cualquier mañana de invierno,
no me encuentres ¡vida mía!
Y tendrás que conformarte
recordando nuestras vidas
y aquellos momentos dulces
llenos de amor y alegría
que fuiste guardando siempre
día a día… día a día…
que en la bolsa de mi vida
he almacenado tu amor,
y la tengo… ¡que rechina!
de felicidad serena
y de sueños y de risas.
Yo te entregué cuanto tengo
sin guardarme.. ¡ni una pizca!
No sé si en tu bolsa tienes
algo menos que en la mía.
Si un día tú me faltases,
porque te vayas de prisa,
y sin que pudieras darme
ni una simple despedida
(sólo Dios sabe el momento
de tan importante cita)
echaré mano a la bolsa
donde guardo tus caricias,
donde guardo los recuerdos
con tus frases… más queridas
y disfrutaré, ¡seguro!
recordando tus sonrisas.
Y la duda que yo tengo
es si tú tienes la misma
bolsa, tan llena de aromas
y de amor, como la mía.
Recuerda que lo que guardes
lo podrás gastar un día,
cuando tú lo necesites
porque se gaste tu vida.
Y ese día es, sin duda,
cuando te creas perdida,
porque te encuentres ya sola
y nadie te contradiga;
cuando el silencio te agobie
y tengas las manos frías
y yo no les dé calor;
y que, al pasar por encima
de la almohada, tu mano,
estando medio dormida
cualquier mañana de invierno,
no me encuentres ¡vida mía!
Y tendrás que conformarte
recordando nuestras vidas
y aquellos momentos dulces
llenos de amor y alegría
que fuiste guardando siempre
día a día… día a día…
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