MARIO CUADROS
Intento de poeta
Ella tan delicada y delgada,
comenzó con su desnudez
y recostada
se volvió madura,
se volvió esbelta e impaciente
pero segura,
en ese entonces, en ese día,
se volvió mía.
Entre roces de sabanas
y de ensueño suspiros,
sus muslos eran fértil tierra
donde pastoreaban mis instintos.
Mis ojos perdían fuerzas de momentos
y al instante las recobraban,
en un baile de metralleta
que cada espacio intacto arrasaba.
Mientras el paso de la marea de piel
se fortificaba,
como quien paga el justo arancel
en una transacción de cuerpos,
se formaban cada vez ecos
de la primera transpiración,
brotando de los anales del tacto
una exitosa conjugación.
Mientras se entremezclaban
nuestros cuerpos,
los años se escapaban,
se confundían entre el calor,
entre nuestro calor.
Su ternura, la convertía en lanza
que traspasaba la vida.
Y entre tantas manos, nuestras manos,
generábamos tal locura
que al equilibrio sacudía.
¡El amor en su forma más exaltada!
Y en cada punto de ebullición,
un beso cerraba el pacto.
Y ya no había habitación,
sólo sus labios sobre los míos,
sólo los dos en el espacio.
Pero volvía el frenesí a destaparse,
a repetir el ciclo,
ni bien el beso se deformaba
de tanto éxtasis,
volvíamos a cero grados,
sólo y únicamente
para repetir la hazaña
caballerosamente.
Y como el día pasa a la noche,
los cuerpos se soltaron
y, aunque fríos, el alma aún hervía,
y su alienada figura volvía
a la ternura y delgadez de la razón.
¡El amor en su forma más calmada!
Entonces su voz,
que sopesó tanta felicidad sostenida,
arrastró palabras
entre su sonrisa adormilada
y suspiró silenciosa poesía.
comenzó con su desnudez
y recostada
se volvió madura,
se volvió esbelta e impaciente
pero segura,
en ese entonces, en ese día,
se volvió mía.
Entre roces de sabanas
y de ensueño suspiros,
sus muslos eran fértil tierra
donde pastoreaban mis instintos.
Mis ojos perdían fuerzas de momentos
y al instante las recobraban,
en un baile de metralleta
que cada espacio intacto arrasaba.
Mientras el paso de la marea de piel
se fortificaba,
como quien paga el justo arancel
en una transacción de cuerpos,
se formaban cada vez ecos
de la primera transpiración,
brotando de los anales del tacto
una exitosa conjugación.
Mientras se entremezclaban
nuestros cuerpos,
los años se escapaban,
se confundían entre el calor,
entre nuestro calor.
Su ternura, la convertía en lanza
que traspasaba la vida.
Y entre tantas manos, nuestras manos,
generábamos tal locura
que al equilibrio sacudía.
¡El amor en su forma más exaltada!
Y en cada punto de ebullición,
un beso cerraba el pacto.
Y ya no había habitación,
sólo sus labios sobre los míos,
sólo los dos en el espacio.
Pero volvía el frenesí a destaparse,
a repetir el ciclo,
ni bien el beso se deformaba
de tanto éxtasis,
volvíamos a cero grados,
sólo y únicamente
para repetir la hazaña
caballerosamente.
Y como el día pasa a la noche,
los cuerpos se soltaron
y, aunque fríos, el alma aún hervía,
y su alienada figura volvía
a la ternura y delgadez de la razón.
¡El amor en su forma más calmada!
Entonces su voz,
que sopesó tanta felicidad sostenida,
arrastró palabras
entre su sonrisa adormilada
y suspiró silenciosa poesía.
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