Andres_Suarez
Poeta recién llegado
De las soledades que me acompañan puedo mencionar lo mucho que me duelen las anécdotas. Y más cuando estás en ellas.
Ayer era tarde,
y el reloj se desvanecía
entre los zapatos negros
de un día cualquiera.
Ahora
más que nunca
quiero que llueva,
y que las gotas de agua
perforen en mi pecho
la herida invisible,
que gira mecánicamente
al sentir el latido de un corazón
inflado con helio.
Las ganas de verte de nuevo
se me escurren por los ojos.
Pasan las sombras de varios gatos en el tejado,
y la luna alumbra el sitio de encuentro
con un tapete de estrellas,
que prenden de los tobillos chuecos del silencio.
Pasan las sombras de varios noviazgos
inútiles,
sin sentido.
Y tú no llegas.
La corbata que tengo amarrada al cuello me ha servido como punto para atarme las manos, y ocultar los sentimientos en una sonrisa improvisada, que muchas veces se quiebra al evocar tù presencia lejana.
Vivir con miedo ha sido mi alimento
en cada primavera. Y más ahora,
que me he encontrado de frente
a ése yo de siglos lejanos,
muertos.
Anotar la palabra amor en algún rincón de este poema, llenaría de incertidumbre ese minuto en el que callabas tùs pensamientos, cerrándome la entrada al exilio de tùs labios rojos, que respiran los restos de alguien, que al igual que yo, ha vivido en carne propio la palabra AMOR.
Pero no, a ti no te mentiría.
Ayer era tarde,
y el reloj se desvanecía
entre los zapatos negros
de un día cualquiera.
Ahora
más que nunca
quiero que llueva,
y que las gotas de agua
perforen en mi pecho
la herida invisible,
que gira mecánicamente
al sentir el latido de un corazón
inflado con helio.
Las ganas de verte de nuevo
se me escurren por los ojos.
Pasan las sombras de varios gatos en el tejado,
y la luna alumbra el sitio de encuentro
con un tapete de estrellas,
que prenden de los tobillos chuecos del silencio.
Pasan las sombras de varios noviazgos
inútiles,
sin sentido.
Y tú no llegas.
La corbata que tengo amarrada al cuello me ha servido como punto para atarme las manos, y ocultar los sentimientos en una sonrisa improvisada, que muchas veces se quiebra al evocar tù presencia lejana.
Vivir con miedo ha sido mi alimento
en cada primavera. Y más ahora,
que me he encontrado de frente
a ése yo de siglos lejanos,
muertos.
Anotar la palabra amor en algún rincón de este poema, llenaría de incertidumbre ese minuto en el que callabas tùs pensamientos, cerrándome la entrada al exilio de tùs labios rojos, que respiran los restos de alguien, que al igual que yo, ha vivido en carne propio la palabra AMOR.
Pero no, a ti no te mentiría.
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