Évano
Libre, sin dioses.
En un entierro sin conocer a nadie, ahí estaba Lázaro con su amplia coronilla y su metro sesenta de sonrisa escondida. Sus grandes gafas, aposentadas en un pelo rasurado a lo militar, no dejaban escapar ningún detalle. Abrió tanto los ojos cuando introdujeron al precioso ataúd en el nicho que le dolieron. El féretro, adornado con una espléndida cruz de plata resplandeciente a un sol de marzo cálido, parecía despedirse del mundo antes de ocultarse para siempre. ¡En el ático! ¡Qué suerte!, se exclamó alzando las cejas. Estaba en la última fila, allí donde los susurros lastimeros de los familiares y amigos no encontraban más orejas que se apiadaran de ellos. Si le hubiesen visto sonreír seguro que habría recibido una buena paliza. Disfrutó aún más cuando el albañil del camposanto cerraba con una lápida, de un blanco marmóreo sencillamente maravilloso, el nicho. Con las letras doradas, las que los seres queridos del muerto habían elegido para despedirse, suspiró. "Nunca te olvidaremos, Rafael. Fuiste un buen marido, padre, hermano e hijo. Que Dios te tenga en su gloria". Al leer el recordatorio se le desparramaron lágrimas de alegría y felicidad. ¿Cuándo le tocaría a él? ¡Qué bonitas rosas, Dios mío!
Marcharon tristes y cabizbajos los allí reunidos, quedándose sólo un Lázaro ahora deprimido. Terminó esa mañana de entierro, por lo que tendría que esperar al próximo. Muchos le habían dado el pésame, porque en estas cosas ya se sabe, más vale dárselo a todo el mundo, aunque no lo conozcas de nada, por lo que pueda pasar.
Se despidió del difunto, al que tampoco conocía de nada, y se fue paseando entre las estructuras rectangulares del cementerio y los cipreses, leyendo al azar de las diferentes alturas de nichos nombres que no reconocía. Escrutaba las flores y los enseres familiares: las fotografías de los difuntos, si eran adecuadas o no, si en blanco y negro o en color, su antigüedad. Saboreaba el aire del mediodía, la luz, la serenidad y la paz del cementerio.
Una vez en su casa, sentado en su sillón favorito, con las luces y el televisor apagado, meditaba la manera de acelerar su muerte. No puedo suicidarme, se decía, porque tengo entendido que estos no van al cielo, y tampoco sería capaz; por lo tanto, debo procurar estar en lugares de alto riesgo, es decir, peligrosos.
Sonó el timbre de la puerta. Era su amigo Juan. Le invitó a pasar y encendió la luz del comedor, por cortesía.
—¿Ya has vuelto a ir al cementerio? —le preguntó el amigo al verlo meditativo.
—Sí, ha sido un entierro precioso. ¡Si hubieras estado...! —contestó con añoranza.
—Lázaro, tienes cuarenta y siete años, dinero, vivienda propia y no te falta de nada; ¿por qué no te quitas de la cabeza lo de morir, de una vez por todas?
—Te lo he dicho mil veces. ¡Lo bonito que es el cielo, lo de las lindas mujeres, la armonía que allí reina, las angelitas volando desnudas a tu alrededor con esas alas tan blancas cosquilleando de esa manera tan deliciosa; los frutales y los valles tan verdes; ese unicornio trotando feliz con las yeguas y los caballos, con los ciervos, las vacas, las ovejas... Y ese río de agua clara y purísima con sus pececitos brillando entre las luces maravillosas de un sol celeste y perfumado; esos arcoíris, ¡Dios mío qué arcoíris..! Y esas nubes recorriendo los aires impecables, y el ulular del viento entre las ramas de los robles, chopos alisos, cerezos... Y los pajaritos compitiendo por mejorar tan bella melodía. ¿Qué me dices de todo eso, eh? Lo raro, querido Juan, es no preguntarse por qué querer permanecer en esta Tierra cuando nos espera tal paraíso.
Juan, mirándolo fijamente a los ojos, oía otra vez ese monólogo cansino en el cual, por mucho que quisiera intervenir para cortar dicha reflexión divagadora, no lograría cortarla. No entendía cómo tal idea se había adherido tan fuertemente al encéfalo de su amigo.
—Está bien, Lázaro, veo que sigues en tu línea, a lo tuyo. Bueno, he venido para ver si puedes hacerme un favor. Tengo una cita, pero el problema es que mi chica trae a una amiga y necesito a alguien que me acompañe, que me la quite de encima y me deje solo con María. Llevo mucho tiempo intentando consagrar nuestra relación y no puedo, porque su amiga siempre está pululando entre nosotros. Es el viernes por la noche. ¿Podrás venir?
—Sabes que no me gustan esas cosas; pero bueno, por un amigo se hace lo que haga falta. Y tú, cuando llegue mi momento harás lo que te pedí. ¿De acuerdo?
—De acuerdo... —contestó Juan, harto de escuchar tantas veces lo mismo— Me marcho que esta tarde trabajo. Hasta el viernes a las ocho, entonces. Vendré a buscarte aquí. Y no hagas ninguna tontería antes de la cita, haz el favor.
La población donde vivía Lázaro la habitaban poco más de diez mil habitantes; no era pequeña, por lo tanto, pero no se moría gente todos los días, lo que era un contratiempo. Para el viernes todavía faltaban tres días.
Visitando diferentes páginas de Internet descubrió que en la capital de la provincia un buen hombre había abierto una tienda de ataúdes modernistas. Receloso y sin gustarle en exceso estos avances, decidió ir a echar una ojeada.
Montado en el autobús era la diana de las miradas de los pasajeros, su aspecto de enterrador las atraía. Se bajó sintiendo el alivio tras de sí, creyendo oír un "Vete ya, so tío cafre", "Pájaro de mal agüero" y otras gracias; así como entrevió cómo algunos colocaban los dedos en posición de cuernos o los cruzaban para evitar males de ojo. Lázaro estaba acostumbrado a estas cosas, por lo que se dirigió a su tienda de ataúdes diciéndose para sí un "Que os den, no sabéis lo que os perdéis".
Irreflexivamente se echó para atrás cuando una furgoneta, que se había pasado el semáforo en ámbar, casi lo atropella. ¡Idiota!, se dijo, ¿para qué retrocedes? ¿Casi lo consigues sin querer y das marcha atrás? Pero bueno, quizá haya sido decisión de Dios, para que acuda a la dichosa cita de Juan. Se conformó con su explicación y entró en la amplia tienda de ataúdes, donde las lápidas y diversos accesorios de adorno para ellas ocupaban la entrada de la gran funeraria.
Lo recibió un señor alto y rubio, de ojos azules y cara alegre, vestido totalmente de un amarillo chillón que dolía a la vista. Le estrechó la mano mientras le decía:
—Pase, pase, está usted en su casa. Si no encuentra aquí lo que desea para cualquier entierro le invito a comer en el restaurante más caro de Barcelona —le dijo el hombre, con una boca grande de blanca dentadura.
—Es usted muy amable. Venía porque vi su local en Internet y me llamó la atención; sobretodo ese ataúd en forma de coche de carreras de fórmula uno, ese de Alonso, el Ferrari. Me gustaría verlo... Aunque yo soy muy tradicional para estas cosas.
—Venga conmigo, ahora mismo se lo enseño, verá cómo, a lo mejor, cambia de opinión.
¡En verdad que es precioso!, se exclamó cuando estaba enfrente de él, acariciando la suave superficie del chasis, los faros que parecían estar encendidos, el alerón trasero, esas ruedas tan perfectas y ese color rojo tan particular del Ferrari.
—¡Es precioso! —le dijo al apuesto vendedor que lo miraba a su lado.
—Pues espere a ver el interior.
Levantó la tapa, dejando al aire una acolchada seda de una comodidad inenarrable y una almohada en forma de casco espectacular y cómoda.
—¡Pero venga!, venga, tengo muchos más, algunos espectaculares.
El vendedor, casi tan ilusionado como Lázaro, se lo llevaba de un ataúd a otro. Se sorprendió ante uno de máquina expendedora de tabaco, de botella de refresco, de pez rosado y simpático, de bolsa de viaje cilíndrica... Luego su felicidad creció a lo insospechado ante un ataúd que imitaba a una madreña que le recordaba a su infancia, cuando andaba sobre la nieve o los campos mojados por la lluvia recién caída. Le encantó el ataúd en forma de reactor, con sus alas plateadas y la cabina de cristal por donde se vería al difunto, pero lo desechó por demasiada poca intimidad. Uno debe permanecer en la intimidad, recogido como Dios manda, en su nicho. El que representaba a una vaca le pareció, vaya uno a saber por qué, de mal gusto, y se quedó pensando ante el del teléfono móvil, no sabía si le gustaba o no, si preferiría que sonara mientras se descomponía su cuerpo. Lo pensaría tranquilamente por la noche, que no eran cosas para tomarlas a la ligera. El de forma de fresa no le dijo ni fu ni fa, demasiado superficial. El de guitarra le hizo gracia, aunque demasiado alegre. El de zanahoria pensó que era irrespetuoso y el del águila no entraría en el nicho, a no ser que se le cortara las patas, pero así perdía la gracia. El que imitaba a una piña tampoco era honorable, así como el del ratón o el del billar. El de forma de barco acarreaba el mismo problema que el del águila. El del corazón pensó que debería ser para mujeres. El del cohete espacial le llamó la atención, pero no era para él. El de mimbre no, que se escaparían o entrarían gusanos...
Lázaro se agachaba y empinaba, escrutando los bajos, las alturas y los laterales; se acercaba y alejaba para enfocar mejor las formas y los contornos y las diferentes tonalidades de los colores. Trataba de ver tan excepcionales creaciones desde todos los puntos de vista posible; no quería que se le pasara por alto absolutamente nada. Mientras, el vendedor iba detrás de él, casi tan contento como su cliente, que acariciaba con pasión cada uno, oliendo el perfume que de ellos emanaba: ese de incienso, ese de fresas, el de humo de tubos de escape, el de aroma de tabaco, el de verduras... Indudablemente este señor es un profesional de pies a la cabeza, se ha preocupado hasta de los olores, se decía. Y el vendedor, como se daba cuenta que su obra era indudablemente admirada, disfrutaba de lo lindo.
Ante tantas bellezas de ataúdes no se hubiera decidido en toda la semana si no hubiera sido por lo que llegaba a sus ojos: un magnífico, imponente y espectacular ataúd en forma de sarcófago, a la manera egipcia, a la de Ibi, ese faraón que gobernó en el 1640 antes de Cristo, en la región de Tebas, según comentaba el vendedor, al ver a Lázaro con los ojos desorbitados, los brazos abiertos y la mirada al cielo. Se arrodilló ante el sarcófago y lo abrazó, sollozando de alegría. El vendedor le acarició la cabeza, otorgándole su comprensión y diciéndole que entendía la excelente elección, pues tal excitación vio en él que era más que evidente que ese sería el elegido. El funerario le dijo que era, sin duda alguna, una persona de gusto refinado y artístico, su mejor cliente, el mejor que había tenido jamás y que jamás tendría. Se arrodilló junto a él y abrazaron al sarcófago como si de un Dios viviente se tratara.
Ya de pie, habiendo retomado los dos la compostura, le explicó que eso no era todo, que si quería podría dotar al sarcófago de su rostro y escribir sobre su superficie un resumen de su vida o lo que quisiera, en el idioma que deseara, incluso el egipcio faraónico, amén de elegir el color y, por supuesto, el aroma deseado, aconsejándole el de lavanda, magnífico, apropiado, extraordinario; aunque la última decisión, por supuesto, era del cliente.
Lázaro se despidió con un fuerte abrazo mientras le comunicaba que ya estaba decidido, lo único que debía ultimar eran los detalles colaterales mencionados por el vendedor.
Continúa abajo...
Marcharon tristes y cabizbajos los allí reunidos, quedándose sólo un Lázaro ahora deprimido. Terminó esa mañana de entierro, por lo que tendría que esperar al próximo. Muchos le habían dado el pésame, porque en estas cosas ya se sabe, más vale dárselo a todo el mundo, aunque no lo conozcas de nada, por lo que pueda pasar.
Se despidió del difunto, al que tampoco conocía de nada, y se fue paseando entre las estructuras rectangulares del cementerio y los cipreses, leyendo al azar de las diferentes alturas de nichos nombres que no reconocía. Escrutaba las flores y los enseres familiares: las fotografías de los difuntos, si eran adecuadas o no, si en blanco y negro o en color, su antigüedad. Saboreaba el aire del mediodía, la luz, la serenidad y la paz del cementerio.
Una vez en su casa, sentado en su sillón favorito, con las luces y el televisor apagado, meditaba la manera de acelerar su muerte. No puedo suicidarme, se decía, porque tengo entendido que estos no van al cielo, y tampoco sería capaz; por lo tanto, debo procurar estar en lugares de alto riesgo, es decir, peligrosos.
Sonó el timbre de la puerta. Era su amigo Juan. Le invitó a pasar y encendió la luz del comedor, por cortesía.
—¿Ya has vuelto a ir al cementerio? —le preguntó el amigo al verlo meditativo.
—Sí, ha sido un entierro precioso. ¡Si hubieras estado...! —contestó con añoranza.
—Lázaro, tienes cuarenta y siete años, dinero, vivienda propia y no te falta de nada; ¿por qué no te quitas de la cabeza lo de morir, de una vez por todas?
—Te lo he dicho mil veces. ¡Lo bonito que es el cielo, lo de las lindas mujeres, la armonía que allí reina, las angelitas volando desnudas a tu alrededor con esas alas tan blancas cosquilleando de esa manera tan deliciosa; los frutales y los valles tan verdes; ese unicornio trotando feliz con las yeguas y los caballos, con los ciervos, las vacas, las ovejas... Y ese río de agua clara y purísima con sus pececitos brillando entre las luces maravillosas de un sol celeste y perfumado; esos arcoíris, ¡Dios mío qué arcoíris..! Y esas nubes recorriendo los aires impecables, y el ulular del viento entre las ramas de los robles, chopos alisos, cerezos... Y los pajaritos compitiendo por mejorar tan bella melodía. ¿Qué me dices de todo eso, eh? Lo raro, querido Juan, es no preguntarse por qué querer permanecer en esta Tierra cuando nos espera tal paraíso.
Juan, mirándolo fijamente a los ojos, oía otra vez ese monólogo cansino en el cual, por mucho que quisiera intervenir para cortar dicha reflexión divagadora, no lograría cortarla. No entendía cómo tal idea se había adherido tan fuertemente al encéfalo de su amigo.
—Está bien, Lázaro, veo que sigues en tu línea, a lo tuyo. Bueno, he venido para ver si puedes hacerme un favor. Tengo una cita, pero el problema es que mi chica trae a una amiga y necesito a alguien que me acompañe, que me la quite de encima y me deje solo con María. Llevo mucho tiempo intentando consagrar nuestra relación y no puedo, porque su amiga siempre está pululando entre nosotros. Es el viernes por la noche. ¿Podrás venir?
—Sabes que no me gustan esas cosas; pero bueno, por un amigo se hace lo que haga falta. Y tú, cuando llegue mi momento harás lo que te pedí. ¿De acuerdo?
—De acuerdo... —contestó Juan, harto de escuchar tantas veces lo mismo— Me marcho que esta tarde trabajo. Hasta el viernes a las ocho, entonces. Vendré a buscarte aquí. Y no hagas ninguna tontería antes de la cita, haz el favor.
La población donde vivía Lázaro la habitaban poco más de diez mil habitantes; no era pequeña, por lo tanto, pero no se moría gente todos los días, lo que era un contratiempo. Para el viernes todavía faltaban tres días.
Visitando diferentes páginas de Internet descubrió que en la capital de la provincia un buen hombre había abierto una tienda de ataúdes modernistas. Receloso y sin gustarle en exceso estos avances, decidió ir a echar una ojeada.
Montado en el autobús era la diana de las miradas de los pasajeros, su aspecto de enterrador las atraía. Se bajó sintiendo el alivio tras de sí, creyendo oír un "Vete ya, so tío cafre", "Pájaro de mal agüero" y otras gracias; así como entrevió cómo algunos colocaban los dedos en posición de cuernos o los cruzaban para evitar males de ojo. Lázaro estaba acostumbrado a estas cosas, por lo que se dirigió a su tienda de ataúdes diciéndose para sí un "Que os den, no sabéis lo que os perdéis".
Irreflexivamente se echó para atrás cuando una furgoneta, que se había pasado el semáforo en ámbar, casi lo atropella. ¡Idiota!, se dijo, ¿para qué retrocedes? ¿Casi lo consigues sin querer y das marcha atrás? Pero bueno, quizá haya sido decisión de Dios, para que acuda a la dichosa cita de Juan. Se conformó con su explicación y entró en la amplia tienda de ataúdes, donde las lápidas y diversos accesorios de adorno para ellas ocupaban la entrada de la gran funeraria.
Lo recibió un señor alto y rubio, de ojos azules y cara alegre, vestido totalmente de un amarillo chillón que dolía a la vista. Le estrechó la mano mientras le decía:
—Pase, pase, está usted en su casa. Si no encuentra aquí lo que desea para cualquier entierro le invito a comer en el restaurante más caro de Barcelona —le dijo el hombre, con una boca grande de blanca dentadura.
—Es usted muy amable. Venía porque vi su local en Internet y me llamó la atención; sobretodo ese ataúd en forma de coche de carreras de fórmula uno, ese de Alonso, el Ferrari. Me gustaría verlo... Aunque yo soy muy tradicional para estas cosas.
—Venga conmigo, ahora mismo se lo enseño, verá cómo, a lo mejor, cambia de opinión.
¡En verdad que es precioso!, se exclamó cuando estaba enfrente de él, acariciando la suave superficie del chasis, los faros que parecían estar encendidos, el alerón trasero, esas ruedas tan perfectas y ese color rojo tan particular del Ferrari.
—¡Es precioso! —le dijo al apuesto vendedor que lo miraba a su lado.
—Pues espere a ver el interior.
Levantó la tapa, dejando al aire una acolchada seda de una comodidad inenarrable y una almohada en forma de casco espectacular y cómoda.
—¡Pero venga!, venga, tengo muchos más, algunos espectaculares.
El vendedor, casi tan ilusionado como Lázaro, se lo llevaba de un ataúd a otro. Se sorprendió ante uno de máquina expendedora de tabaco, de botella de refresco, de pez rosado y simpático, de bolsa de viaje cilíndrica... Luego su felicidad creció a lo insospechado ante un ataúd que imitaba a una madreña que le recordaba a su infancia, cuando andaba sobre la nieve o los campos mojados por la lluvia recién caída. Le encantó el ataúd en forma de reactor, con sus alas plateadas y la cabina de cristal por donde se vería al difunto, pero lo desechó por demasiada poca intimidad. Uno debe permanecer en la intimidad, recogido como Dios manda, en su nicho. El que representaba a una vaca le pareció, vaya uno a saber por qué, de mal gusto, y se quedó pensando ante el del teléfono móvil, no sabía si le gustaba o no, si preferiría que sonara mientras se descomponía su cuerpo. Lo pensaría tranquilamente por la noche, que no eran cosas para tomarlas a la ligera. El de forma de fresa no le dijo ni fu ni fa, demasiado superficial. El de guitarra le hizo gracia, aunque demasiado alegre. El de zanahoria pensó que era irrespetuoso y el del águila no entraría en el nicho, a no ser que se le cortara las patas, pero así perdía la gracia. El que imitaba a una piña tampoco era honorable, así como el del ratón o el del billar. El de forma de barco acarreaba el mismo problema que el del águila. El del corazón pensó que debería ser para mujeres. El del cohete espacial le llamó la atención, pero no era para él. El de mimbre no, que se escaparían o entrarían gusanos...
Lázaro se agachaba y empinaba, escrutando los bajos, las alturas y los laterales; se acercaba y alejaba para enfocar mejor las formas y los contornos y las diferentes tonalidades de los colores. Trataba de ver tan excepcionales creaciones desde todos los puntos de vista posible; no quería que se le pasara por alto absolutamente nada. Mientras, el vendedor iba detrás de él, casi tan contento como su cliente, que acariciaba con pasión cada uno, oliendo el perfume que de ellos emanaba: ese de incienso, ese de fresas, el de humo de tubos de escape, el de aroma de tabaco, el de verduras... Indudablemente este señor es un profesional de pies a la cabeza, se ha preocupado hasta de los olores, se decía. Y el vendedor, como se daba cuenta que su obra era indudablemente admirada, disfrutaba de lo lindo.
Ante tantas bellezas de ataúdes no se hubiera decidido en toda la semana si no hubiera sido por lo que llegaba a sus ojos: un magnífico, imponente y espectacular ataúd en forma de sarcófago, a la manera egipcia, a la de Ibi, ese faraón que gobernó en el 1640 antes de Cristo, en la región de Tebas, según comentaba el vendedor, al ver a Lázaro con los ojos desorbitados, los brazos abiertos y la mirada al cielo. Se arrodilló ante el sarcófago y lo abrazó, sollozando de alegría. El vendedor le acarició la cabeza, otorgándole su comprensión y diciéndole que entendía la excelente elección, pues tal excitación vio en él que era más que evidente que ese sería el elegido. El funerario le dijo que era, sin duda alguna, una persona de gusto refinado y artístico, su mejor cliente, el mejor que había tenido jamás y que jamás tendría. Se arrodilló junto a él y abrazaron al sarcófago como si de un Dios viviente se tratara.
Ya de pie, habiendo retomado los dos la compostura, le explicó que eso no era todo, que si quería podría dotar al sarcófago de su rostro y escribir sobre su superficie un resumen de su vida o lo que quisiera, en el idioma que deseara, incluso el egipcio faraónico, amén de elegir el color y, por supuesto, el aroma deseado, aconsejándole el de lavanda, magnífico, apropiado, extraordinario; aunque la última decisión, por supuesto, era del cliente.
Lázaro se despidió con un fuerte abrazo mientras le comunicaba que ya estaba decidido, lo único que debía ultimar eran los detalles colaterales mencionados por el vendedor.
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