joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
La frescura y belleza juvenil de Andrina fueron el señuelo para que Alejo mordiera el anzuelo. Con apenas trece años de edad vivían un creciente romance a escondidas. Una tarde de agobiante verano, concertaron, en la bodega de Don Pedro, una cita en la laguna.
Con exagerada puntualidad, mostraron sonrisas de ojos entrecerrados, imitando un juego de adultos. Sentados a orillas de las mansas y oscuras aguas, las manos entrelazadas sudaban mientras conversaban disfrutando una barra de chocolate.
-Andrina. Dame un besito de cacao-
-Uuujuuu. Eso tiene una penitencia-
-!Dime cuál! La cumpliré-
-¿Tú ves aquella flor de lirio en medio de la laguna? !La quiero!-
-!Cuenta con eso!- dijo quitándose la camisa.
Acicateado por el deseo, sin pensar en las limitaciones el joven inició intrépidas brazadas. Bastante cerca de la flor detuvo los movimientos. Pasaron angustiosos minutos y Andrina descubrió con estupor, demasiado tarde, que Alejo no sabía nadar.
Con exagerada puntualidad, mostraron sonrisas de ojos entrecerrados, imitando un juego de adultos. Sentados a orillas de las mansas y oscuras aguas, las manos entrelazadas sudaban mientras conversaban disfrutando una barra de chocolate.
-Andrina. Dame un besito de cacao-
-Uuujuuu. Eso tiene una penitencia-
-!Dime cuál! La cumpliré-
-¿Tú ves aquella flor de lirio en medio de la laguna? !La quiero!-
-!Cuenta con eso!- dijo quitándose la camisa.
Acicateado por el deseo, sin pensar en las limitaciones el joven inició intrépidas brazadas. Bastante cerca de la flor detuvo los movimientos. Pasaron angustiosos minutos y Andrina descubrió con estupor, demasiado tarde, que Alejo no sabía nadar.
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