Teo Moran
Poeta fiel al portal
Allí en el cielo, todas las nubes maleables
se estremecen por las agudas cimas,
el reloj de arena roto en las pendientes
y el tiempo impregnado de ausencia.
En lo alto, la nieve no enfría las almas
en la estación de un verano abrumado,
donde los labios pronuncian su nombre
en el perfil de los trigales ya cosechados…
¡Solo quedas tú mi golondrina en el cielo
con tus aleteos bajo los pinares dormidos!
Ese sendero que en sombras late sinuoso,
tiñe la hierba frondosa y a solas me lleva
como figura de barro sostenida por el viento
atada con su cordel a la punta de sus dedos.
Quedan los pétalos de las amapolas inánimes
en la inhumanidad de la espiga segada
ante el rumor del río cayendo desde lo alto,
este, desmenuza al grano con su curso de cristal
y yo no sé, no puedo detener aquel cauce
que de todo se apodera y se hace dueño,
hasta de la soledad que me daña por dentro…
¡Solo quedas tú mi golondrina en mi pecho
dando aleteos con cada uno de mis anhelos!
Atrás quedaron los copos ingrávidos y tibios
que moldearon a los pétalos caídos en el río,
los chopos, esfinges guardianes del camino
dejan caer plácidamente la flor de su tallo,
cobijan a las almas de paso que buscan reposo
y bajo sus ramas se vuelven voz en el silencio,
solo la melodía de un corazón enamorado
resuena febril suspirando por su regreso…
¡Solo quedas tú mi golondrina en mi pecho
dando aleteos en la nostalgia del recuerdo!
No está el invierno regentando las agudas cimas,
las flores de los girasoles inclinan su mirada
en busca del tapiz arenoso y moldurado,
en el cual solo serán testigos indiferentes
de un tiempo estigmatizado por la ausencia,
y yo, en el camino que abarca un latido
me adentro en busca de su silente vuelo,
dibujo su silueta alada en mi agitado corazón…
¡Solo quedas tú mi golondrina en mi pecho
dando aleteos en el devenir del sendero!