Sommbras
Poeta adicto al portal
Ella es el silencio que en este paseo marítimo se escucha y nadie oye. Su boca cae muda desde esos cielos abarrotados de nubes. Yo la hallé por buscar alguien a quien amar, y fue el principio para entender sus labios.
Desde los jardines a la playa, siento que nada cantó como aquel verano, nada fluye después de aquel beso.
Pasando el banco del árbol gigante, llegando al palmeral de la playa, en la heladería Toscana, se puede apreciar como el mar apenas deja un rumor de bramidos turbios.
A mi alrededor, el reclamo de la gaviota, la terraza de la heladería sin clientes, y mientras la tarde se besa con la tarde, y el crepúsculo llega como siempre, de improviso cerca del malecón, surge cristalina otra ola de espuma frágil, baila entre rocas troqueladas por el tiempo, escribe que diariamente morimos, y otra vez escapa.
Sobre la arena seca, abandonada en la piel ardiente de la playa, bajo la triste presencia de unas latas de cerveza vacías, ausente como una mirada de nostalgia, encuentro muerta la palmera, aunque no sé si ella recordaría ya. Fue una palmera de verde antiguo, porte bizarro, abanicaba sus hojas con movimientos de doncella, tenía ojos marinos en sus pupilas terrestres, pero allí estaba asesinada por los gusanos, la misma palmera donde aquel verano escribimos nuestros nombres.
Me siento en la terraza cubierta de Toscana para ver rodar el mar.
A veces la gaviota se paraba cerca de la barca; luego, imitando el silencio de los trigos de mi pueblo, ascendía jubilosa hacia el tejado de la heladería. Pero hoy apenas hay gaviotas, las olas están inquietas y parece que lloverá.
Voy contando las olas, cuento el recuerdo, cuentas el día, la gaviota, cuentas la taza que bebes, la lluvia que comienza a caer, la playa de los ojos, muerta, sin color, vacía, y en medio del platillo queda la taza vacía, sola, y a través del asa, temblando de frío, hundido en las tinieblas de la sed, trepa el beso a mi boca.
Con el atardecer y la lluvia se ha hecho casi de noche. Espero que deje de llover fuerte para salir a pasear. Desde esta ventana advierto el esqueleto de la palmera, mientras esta lluvia olor de amor bate, y bate, dios tiene que estar cerca; sobre los geranios la lluvia empapa las estrellas del cristal, y oigo todo el beso caer sobre mi cabeza.
Todavía en aquellas campanas de oscuridad su fosforescente mirada, el crepúsculo que vivimos donde la luna nos sujetaba los ojos dilatados; el mar, con sus novias las rocas, cortejándolas con flores de espuma sin parar
Dónde, dónde, cumpliremos el beso que hizo que olvidemos otros besos.
Y todo será palabra referida a la palabra, y seremos sin ser, sin estar siendo, a pesar de que fuimos, y todo llueve mientras termino de besar.
Chus
Desde los jardines a la playa, siento que nada cantó como aquel verano, nada fluye después de aquel beso.
Pasando el banco del árbol gigante, llegando al palmeral de la playa, en la heladería Toscana, se puede apreciar como el mar apenas deja un rumor de bramidos turbios.
A mi alrededor, el reclamo de la gaviota, la terraza de la heladería sin clientes, y mientras la tarde se besa con la tarde, y el crepúsculo llega como siempre, de improviso cerca del malecón, surge cristalina otra ola de espuma frágil, baila entre rocas troqueladas por el tiempo, escribe que diariamente morimos, y otra vez escapa.
Sobre la arena seca, abandonada en la piel ardiente de la playa, bajo la triste presencia de unas latas de cerveza vacías, ausente como una mirada de nostalgia, encuentro muerta la palmera, aunque no sé si ella recordaría ya. Fue una palmera de verde antiguo, porte bizarro, abanicaba sus hojas con movimientos de doncella, tenía ojos marinos en sus pupilas terrestres, pero allí estaba asesinada por los gusanos, la misma palmera donde aquel verano escribimos nuestros nombres.
Me siento en la terraza cubierta de Toscana para ver rodar el mar.
A veces la gaviota se paraba cerca de la barca; luego, imitando el silencio de los trigos de mi pueblo, ascendía jubilosa hacia el tejado de la heladería. Pero hoy apenas hay gaviotas, las olas están inquietas y parece que lloverá.
Voy contando las olas, cuento el recuerdo, cuentas el día, la gaviota, cuentas la taza que bebes, la lluvia que comienza a caer, la playa de los ojos, muerta, sin color, vacía, y en medio del platillo queda la taza vacía, sola, y a través del asa, temblando de frío, hundido en las tinieblas de la sed, trepa el beso a mi boca.
Con el atardecer y la lluvia se ha hecho casi de noche. Espero que deje de llover fuerte para salir a pasear. Desde esta ventana advierto el esqueleto de la palmera, mientras esta lluvia olor de amor bate, y bate, dios tiene que estar cerca; sobre los geranios la lluvia empapa las estrellas del cristal, y oigo todo el beso caer sobre mi cabeza.
Todavía en aquellas campanas de oscuridad su fosforescente mirada, el crepúsculo que vivimos donde la luna nos sujetaba los ojos dilatados; el mar, con sus novias las rocas, cortejándolas con flores de espuma sin parar
Dónde, dónde, cumpliremos el beso que hizo que olvidemos otros besos.
Y todo será palabra referida a la palabra, y seremos sin ser, sin estar siendo, a pesar de que fuimos, y todo llueve mientras termino de besar.
Chus